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sábado, 12 de noviembre de 2016

DE LA CRISIS DEL PETRÓLEO A LA CAÍDA DE LA URSS: EL NEOLIBERALISMO COMO PENSAMIENTO ÚNICO


Los debates económicos que inundan nuestra sociedad actual, el neoliberalismo, el crecimiento de la desigualdad, las privatizaciones de servicios públicos, la aparente inviabilidad del Estado del Bienestar y el aumento constante de la deuda de los países (entre muchos otros), nos invitan a reflexionar sobre el origen de muchos de estos problemas, cuyas consecuencias experimentamos a diario. 

Tal y como describimos en una entrada anterior, finalizada la Segunda Guerra Mundial se extendió en los países occidentales un compromiso en materia económica conocido como el Consenso Keynesiano (en referencia a las tesis del economista John Maynard Keynes en las que se inspiraba). En líneas generales, el keynesianismo implicaba una activa intervención de los gobiernos en la economía de sus países. Frente a la teoría de la "mano invisible" de Adam Smith y el liberalismo clásico, los gobernantes de la posguerra mundial fueron conscientes de que resultaba imprescindible evitar que las constantes fluctuaciones del mercado llegaran a derivar en una crisis similar al crack de 1929, que pudiera en última instancia afectar gravemente la estabilidad social. Decidieron que el Estado emplearía todos los recursos a su alcance para compensar estos altibajos. De esta forma, los gobiernos nacionalizaron sectores estratégicos en la economía y extendieron las prestaciones sociales básicas creando los modernos estados del bienestar. En un mundo bipolar marcado por la Guerra Fría, el capitalismo se vio abocado a reformarse en profundidad para reducir en la medida de lo posible la lacra de la desigualdad económica e impedir así el avance de sus rivales comunistas. 

El sistema se mantuvo sin alteraciones fundamentales durante décadas de extraordinario crecimiento, expansión y aumento generalizado de los salarios. Todos los partidos políticos que se alternaban en el poder respetaban esta filosofía económica. 

La etapa de prosperidad que había comenzado tras la guerra, parecía no tener fin. El sistema keynesiano aparentemente contaba con una fórmula que neutralizaba los posibles problemas de la economía. Según la teoría de Keynes, la vida económica estaba determinada por una variable a la que denominaba demanda global. Cuando ésta era demasiado baja, el principal problema que surgía en una economía era el desempleo. Por el contrario, si la demanda global de una sociedad resultaba excesiva, se produciría una situación inflacionaria. Sin entrar en tecnicismos económicos, resulta fácil de comprender esta relación según la tradicional ley de la oferta y la demanda: a mayor demanda, mayor incremento de los precios de los bienes de consumo. Ante esta obviedad, la misión del Estado será actuar para evitar el exceso o la insuficiencia de la demanda global. Así, cuando haya desempleo por insuficiente demanda, se buscará incrementarla y para ello:

  1. Se disminuirán los impuestos directos para aumentar la renta de las familias y reactivar así el consumo
  2. Se aumentará el gasto público por parte del Estado
  3. Se fomentarán las exportaciones reduciendo el tipo de cambio
  4. Se incrementará la inversión reduciendo el coste del dinero para incentivar a las empresas

Cuando por el contrario, se pase de la destrucción de empleo a una creciente inflación, el gobierno deberá reducir el exceso de demanda aplicando las recetas opuestas a las que acabamos de hacer  referencia. Por lo tanto, parecía haberse encontrado la solución a los dos grandes problemas de la economía: el paro y la inflación. 

Keynes (a izquierda) y Hayek (a derecha) representan el
enfrentamiento entre dos formas radicalmente opuestas de
entender el papel del Estado en la economía 
¿Significa esto que el consenso keynesiano era compartido por todos? Lo cierto es que no. Existían algunos opositores que formulaban sin demasiado éxito sus propias teorías económicas. Una de las figuras más destacadas en su ataque a la economía planificada era el austríaco Friedrich Von Hayek. Para este autor, cualquier atisbo de intervención estatal en la economía tenía peligrosas resonancias de totalitarismo. En su obra Camino a la servidumbre (1944) argumentó que sin liberalismo económico, no habría libertad individual. El socialismo, según Hayek, desembocaba necesariamente en totalitarismo. Hayek protagonizó ya en sus años de juventud duros enfrentamientos con Keynes. Si para el austríaco el socialismo y el fascismo representaban males idénticos relacionados con la planificación económica central, Keynes le replicaba que el auge del nazismo no se debía a un gobierno de gran tamaño sino al paro a gran escala y el fracaso del capitalismo clásico. 

Durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el auge de la socialdemocracia y la cara amable del capitalismo keynesiano marginaron las tesis de Hayek y los que como él se oponían a la participación activa del Estado en la economía. 

Sin embargo,  el período dorado del capitalismo de posguerra no iba a ser eterno. En 1973, un suceso inesperado trastocó de forma irreversible las economías del mundo. La Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo decidió castigar a Estados Unidos y sus aliados occidentales por su apoyo a los israelíes en la Guerra de Yom Kipur, en la que se enfrentaban Israel contra Egipto y Siria. El embargo establecido para los envíos de petróleo hacia los países occidentales, repercutió en un aumento espectacular de sus precios. Puesto que las economías industrializadas dependían muy estrechamente del suministro de crudo, esto tuvo consecuencias dramáticas para sus economías. 


Precios del petróleo desde 1861

A partir de este momento, comenzó una crisis que Keynes no había podido prever (el economista británico había muerto en 1946). A una situación de desempleo se le unió una inflación galopante. Como vimos anteriormente, según el modelo keynesiano la convivencia de ambos problemas representaba un panorama inimaginable puesto que se producían por dos  coyunturas económicas excluyentes (excesiva o insuficiente demanda global) y se combatían mediante recetas diametralmente opuestas. Sin embargo, en 1973 la inflación que experimentó occidente ya no se derivaba de una excesiva demanda, sino de un espectacular aumento de los costes de producción producido por el embargo de petróleo. Es entonces cuando se generaliza un nuevo término conocido como estanflación: estancamiento económico unido a una situación inflacionaria. 

Ante este panorama, las recetas de Keynes ya no daban solución a los problemas existentes. Se volvió   entonces de nuevo la mirada sobre sus opositores. Las tesis de Hayek quedaron recogidas por los Chicago Boys, una escuela de economistas liberales salidos de la Universidad de Chicago y dirigida por Milton Friedman. Ellos consiguieron impulsar una nueva doctrina económica: el neoliberalismo. Frente a la economía de los años dorados, los neoliberales propusieron que se dejase en manos privadas el mayor número de actividades económicas posible. Rechazaban la intervención del Estado en la economía, defendiendo un amplio programa de privatización de empresas públicas. Para ellos, los agentes privados eran más eficientes que los públicos, por lo que el Estado debía reducir su tamaño para dejar que fuera el sector privado el encargado de generar la riqueza. Consecuentemente,  se adoptarían políticas fiscales restrictivas y se reduciría drásticamente el gasto público. En relación con el derecho laboral, fueron los neoliberales los que acuñaron un término que nos resulta muy familiar: la "flexibilización laboral", que en definitiva equivale a la eliminación de regulaciones a la actividad económica. En resumen, los economistas neoliberales protagonizaron un retorno a las doctrinas clásicas del laissez-faire, es decir, de la desregulación del mercado frente a la economía mixta keynesiana. 

El primer lugar donde los Chicago Boys experimentaron sus tesis fue en el Chile de Pinochet. Allí, se pusieron por primera vez en marcha las políticas de privatizaciones que posteriormente se irían extendiendo por los países occidentales. La convivencia entre una dictadura enormemente represora y el liberalismo económico más descarnado desmintió el sagrado binomio neoliberalismo-libertad planteado por Hayek. 

En los 80, el ascenso al poder de Margaret Thatcher en Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos supuso el momento de apogeo del neoliberalismo en el mundo anglosajón. Gran Bretaña, el primer lugar de Europa donde se había comenzado a implantar tras la Segunda Guerra Mundial el Estado del Bienestar, sufrió en sus propias carnes la cara más dura del neoliberalismo. A las privatizaciones masivas de servicios públicos y la consecuente reducción del Estado, se le unió el enfrentamiento abierto que mantuvo la primera ministra con los sindicatos obreros de su país. Especialmente crítica fue la situación durante la huelga de los mineros de 1984-1985. Probablemente la recordéis los que hayáis visto la película Billy Elliot, en la que el padre del protagonista pertenece al colectivo que se vio involucrado en ella. Lo cierto es que la huelga de mineros fue un conflicto tenso, durísimo para los obreros que mantuvieron la resistencia durante meses, sometidos a una gran violencia policial y a serias dificultades de financiación. La huelga culminó con la victoria sin paliativos de Thatcher y un enorme debilitamiento de los sindicatos que hasta ese momento habían jugado un papel fundamental en Reino Unido.  El modelo inglés se implantó con tal fuerza que el thatcherismo dividió en dos a la sociedad británica, entre los detractores y los admiradores de la primera ministra. 




El neoliberalismo de Thatcher y Reagan aceptaba como algo natural la desigualdad en la sociedad y la reducción drástica del gasto social, frente a la tendencia que había mostrado la socialdemocracia  europea por aspirar al ideal de la igualdad relativa. Frente a la idea del estado providencia, asumen que el Estado debe limitarse a funciones de seguridad y orden.

El neoliberalismo se fue extendiendo progresivamente por todos los países europeos en mayor o menor medida. Es cierto que la reputación y popularidad de los antiguos estados del bienestar han impedido en muchos casos su absoluto desmantelamiento pero las intenciones han sido claras. En nuestro país, los exponentes del neoliberalismo más radical los podemos encontrar en figuras por todos conocidas como Esperanza Aguirre, quien ha afirmado sentir una gran admiración por la dama de hierro. 

Por si el envite del neoliberalismo no fuera suficiente, la caída de la URSS a comienzos de los años 90 supuso una auténtica conmoción para la izquierda de todo el mundo. Con la desaparición de la amenaza soviética, el capitalismo se alzó triunfante y el comunismo quedó reducido a unos pocos países que se encontraban en una situación precaria sin su antiguo valedor. Los neoliberales proclamaron entonces que había quedado demostrado que su sistema era el único válido, que el comunismo  había fracasado, solamente traía miseria y había sido el capitalismo que ellos defendían la única garantía de prosperidad en la sociedad. La historia les había dado la razón. El discurso creo que lo conocemos muy bien. Se ha impuesto desde entonces un modelo de pensamiento único que trata de censurar cualquier atisbo de crítica hacia el sistema económico actual. El neoliberalismo rehuye del debate, se limita a desprestigiar al contrario, reduce su visión a una lógica bipolar de buenos y malos, ignorando por otro lado a los partidarios de las economías mixtas aduciendo que resultan insostenibles. 

Así hemos llegado a una situación crítica que ha quedado de manifiesto tras la crisis del 2008. El constante aumento de las desigualdades está creando sociedades más polarizadas, más frustradas e inseguras. La crisis de los antiguos partidos políticos que hoy vivimos en todo Occidente, se vincula con la incapacidad que éstos han demostrado por atajar el problema. El austericidio y las recetas neoliberales han comenzado a poner las bases de su propia destrucción. Parecen haber olvidado que una sociedad más igualitaria es también una sociedad más cohesionada. Muchos afirman que resulta inviable revivir el milagro keynesiano en nuestras sociedades actuales y en el mundo globalizado que tenemos y quizá tengan parte de razón. Se hace imprescindible pues reflexionar para que la izquierda vuelva a encontrar su lugar y su discurso en este panorama incierto, para no sucumbir ante la dictadura del pensamiento único. Mientras tanto, en medio del desconcierto actual, debemos recordar que los momentos más turbulentos, son también los más idóneos para el cambio. 


Vídeos de interés: 

        Vídeo corto en el que se explica con mucha claridad los fundamentos de la teoría keynesiana 

La pelea del siglo: Keynes contra Hayek 


miércoles, 5 de octubre de 2016

LAS CLAVES DEL DUELO CLINTON/TRUMP: ENTRE LA CONTINUIDAD HISTÓRICA Y EL DESCONCIERTO

El 2016 nos está dejando sin aliento. El Brexit, el imparable ascenso de la ultraderecha europea, la crisis de los refugiados, el terrorismo internacional, la implacable purga del autoritario gobierno turco y como no, las esperpénticas elecciones estadounidenses. El orden internacional de la posguerra mundial se está desmoronando a una velocidad inusitada, en un proceso aparentemente imparable cuyas consecuencias no podemos prever con claridad. La globalización ha entrado en crisis ante la desintegración de las clases medias y el crecimiento de las desigualdades sociales en un mundo capitalista anclado en el neoliberalismo económico que se mantiene incapaz de ofrecer alternativas viables. Estamos regresando a un panorama de inseguridades, una pesadilla que parecía olvidada en occidente. Y de nuevo los acontecimientos se encadenan de forma oscura: a la crisis económica, le sigue la política y el retorno a las viejas identidades del Estado-nación. Los partidos tradicionales no comprenden el alcance del proceso. Los perdedores de este capitalismo global voraz están alzando su voz, y no precisamente en un tono conciliatorio. 

Una de las consecuencias de esta degradación ha sido el ascenso de los populismos nacionalistas de derecha en la mayor parte de los países de nuestro entorno. Todos ellos basan su poder de seducción en una apelación al sentimiento por encima de la razón. Es por ello que de poco importó en el referéndum británico que los partidarios del "Remain" tuviesen un arsenal de datos verídicos con el que contradecir la falsa lógica del "Brexit". Al final, los partidarios de abandonar la UE consiguieron crear un discurso emocional mucho más poderoso. Cuando Boris Johnson bautizaba al día del referéndum como "Día de la Independencia Nacional", el mensaje del Brexit se introdujo en las más primarias emociones de muchos británicos. El sentimiento se impuso a la razón. Ante eso, el establishment apenas puede combatir. 

Algo similar sucede cuando analizamos la cita electoral más importante que tenemos por delante en este 2016: la elección presidencial de los Estados Unidos. Ante la perplejidad y ansiedad del mundo entero, el magnate Donald Trump tan solo se encuentra a un paso de la presidencia de una de las principales potencias del mundo. Muchos se plantean cómo es posible que hayamos llegado a este punto. En realidad, en el presente análisis nos remitiremos a la historia electoral reciente del país para poder comprender cuáles son los elementos de continuidad y de cambio presentes en este nuevo ciclo electoral y tratar así de imaginar qué posible desenlace tendrá todo esto.

En primer lugar, debemos comenzar aclarando brevemente el funcionamiento del sistema electoral estadounidense en las elecciones presidenciales. En Estados Unidos, el presidente se elige por sufragio indirecto, es decir, los ciudadanos no eligen directamente al candidato sino a unos electores o compromisarios que forman el llamado Colegio Electoral y votarán por el futuro presidente en cuestión. El reparto de electores se realiza por estados, en función de su número de representantes en el Congreso, es decir, en base a su población. Así, el estado más poblado del país, California, se sortea 55 compromisarios, mientras que en el otro extremo, se situarían estados  pequeños o semi-vacíos como Wyoming (3 electores), New Hampshire (4), etc. Ahora bien, una vez un candidato a la presidencia vence en un estado, recibe la totalidad de los compromisarios que le corresponden a dicho estado. Es decir, que si el candidato demócrata vence en California, aunque sea por una diferencia mínima de votos, obtiene los 55 compromisarios correspondientes. No se produce por tanto un reparto proporcional de los electores sino que todos ellos van para el ganador. Así, los candidatos van sumando sus compromisarios obtenidos en los distintos estados. Como el número total de compromisarios sorteados en la totalidad de los estados es de 538, para que un candidato se alce con la presidencia de los Estados Unidos debe al menos superar la barrera de los 270 electores en los que se sitúa la mayoría absoluta. 

Actual mapa electoral de Estados Unidos con los compromisarios correspondientes a los distintos estados
Este reparto ha generado importantes críticas, pues muchos no dudan en tildarlo de antidemocrático (al fin y al cabo, se puede dar la paradoja de que un candidato venza en votos pero pierda la presidencia por no obtener el número necesario de compromisarios para ser elegido. Esto mismo ha sucedido en algunas ocasiones, la más reciente en el año 2000 cuando Bush fue elegido presidente de los Estados Unidos perdiendo en número total de votos). Sin embargo, el sistema ha continuado en funcionamiento sin ninguna alteración, exceptuando las variaciones en representación de cada estado en función de su evolución demográfica (Texas por ejemplo, pasó de tener 34 compromisarios en las elecciones del 2008 a 38 en las de 2012 debido al alto crecimiento de su población en relación al resto del país).

Este peculiar sistema electoral, ha permitido victorias aplastantes a algunos candidatos a lo largo de la historia. En los comicios de 1936, por ejemplo, el candidato demócrata Roosevelt se alzó con el 60% del voto a nivel nacional y consiguió 523 compromisarios (prácticamente la totalidad de los electores en juego) ya que logró imponerse en 46 estados frente a su contrincante Alf Landon que, aún consiguiendo el 36% del apoyo popular, obtuvo tan solo la exigua cifra de 8 electores. En el extremo opuesto, Richard Nixon o Ronald Reagan obtuvieron para el Partido Republicano victorias espectaculares en las que prácticamente se hicieron con el control de todos los compromisarios en juego. De hecho, tales abrumadoras mayorías republicanas fueron la regla general de las elecciones presidenciales de los años 70 y 80 del siglo XX.

El cambio tan radical de escenarios entre unas y otras elecciones era posible gracias a la oscilación que experimentaban los partidos en los distintos estados. Sin embargo, a partir de la victoria de Bill Clinton en 1992 (y de forma más acusada a partir del 2000) se produce un cambio fundamental en la dinámica electoral estadounidense que va a perdurar hasta nuestros días. Desde ese momento, se van a consolidar los Red States republicanos y los Blue States demócratas, es decir, estados que siempre votan por el mismo partido elección tras elección. Como podemos apreciar en el siguiente mapa, esta raigambre territorial no era tan destacada con anterioridad. 
El mapa muestra los resultados electorales desde 1952. Los estados señalados en rojo representan una victoria republicana, frente a los azules que corresponden a los demócratas.
Tal y como ponen de manifiesto los mapas que acabamos de ver, los estados del nordeste (Nueva York, Pensilvania, Massachusetts, Vermont, etc.), los de la costa del Pacífico (California, Oregón, Washington) y los situados en torno a la región de los grandes lagos (Minnesota, Wisconsin, Michigan...) se han convertido en bastiones de los demócratas. Por el contrario, estados del interior y del sur como Texas, Arizona, Kentucky, etc. se inclinan por votar siempre al candidato republicano. Aunque nos pueda sorprender la amplia extensión de territorios que cubren estos últimos estados, teniendo en cuenta que en su mayor parte carecen de grandes densidades de población, esto deja a los republicanos en una situación de desventaja numérica a priori, puesto que, si sumamos los electores de los Blue States demócratas, obtenemos una cifra considerablemente más elevada que los de los Red States republicanos. Las razones que nos permiten explicar esta tendencia electoral presente desde hace más de 20 años son complejas y se encuentran relacionadas con numerosos factores que diferencian a los electorados de los distintos estados (demográficos, raciales, religiosos, riqueza, etc.)

Sin embargo teniendo en cuenta solo los bastiones de los dos partidos, ninguno de ellos llegaría a alcanzar la mayoría absoluta necesaria. Por lo tanto, para alzarse con la victoria, deben cortejar también a los pocos estados restantes: los llamados Swing States.  Son los únicos que van alternando su voto elección tras elección y pueden decantar la carrera presidencial. Entre ellos encontramos a estados como Ohio, Virginia, Nevada, Colorado, Florida, etc. De todos los Swing States, el más decisivo suelo ser este último ya que por su población se sortea la jugosa cifra de 29 compromisarios. Por este motivo, Florida ha sido el estado determinante en numerosas elecciones. En el 2000, por ejemplo, George Bush venció a su oponente Al Gore gracias a su victoria en Florida por un puñado de votos (aunque muchos pondrían en tela de juicio el resultado apuntando a un posible pucherazo).

En la carrera presidencial de este año, esta tendencia histórica se mantiene por lo que Hillary Clinton parte con una ligera ventaja numérica en compromisarios, con respecto a su adversario, aunque de nuevo, el resultado final lo decidirán los Swing States.

No obstante, otros factores históricos tienden por el contrario, a favorecer a Donald Trump. Por lo general, el partido que ha gobernado durante dos legislaturas seguidas, suele ser castigado en las urnas en los siguientes comicios. La última vez que un partido consiguió una tercera victoria consecutiva fue en las elecciones de 1988. Por otro lado, aunque en la historia de los Estados Unidos ha habido presidentes que se han presentado a la reelección en más de una ocasión (Roosevelt por ejemplo ganó cuatro elecciones seguidas), en la vigesimosegunda enmienda de la Constitución ratificada en 1951, se estableció que ningún candidato podría presidir el país durante más de dos legislaturas. Por este motivo, aunque probablemente obtendría la reelección en caso de presentarse, Obama se retira de la presidencia para siempre.

Al mismo tiempo, aunque la historia electoral nos sirva para comprender posibles tendencias en este ciclo electoral, lo cierto es que estas elecciones son, hasta cierto punto, imprevisibles. Esto se debe principalmente a la naturaleza de ambos candidatos.

Desde el punto de vista del Partido Demócrata, la excepcionalidad de las elecciones del 2016 se manifestó desde la misma campaña de las primarias. En esta contienda, la actual candidata a la presidencia Hillary Clinton, tuvo que medirse con un adversario atípico: el senador de Vermont Bernie Sanders. Sanders ha representado una auténtica revolución en el panorama político de los demócratas, puesto que por primera vez, un candidato que se definía a sí mismo abiertamente socialista, ha conseguido un apoyo masivo a lo largo del país, especialmente entre los votantes más jóvenes. El entusiasmo que despertó la candidatura de Sanders demuestra que se ha producido un cambio fundamental en la manera de entender la política en un país tradicionalmente ultraneoliberal. En el futuro podremos comprobar cuál es el alcance de dicho cambio. Frente a la movilización de Sanders, Hillary Clinton quiso presentarse a sí misma como el cambio progresivo (es decir, moderado), continuador del legado de Obama. En este sentido, la experimentada política representaba la alternativa preferible para el establishment y por otro lado, su candidatura traía una importantísima novedad histórica al panorama electoral norteamericano al convertirse en la primera mujer en aspirar a la presidencia del país. Hillary despierta sin embargo, pocas simpatías en el electorado de los Estados Unidos. Su imagen se ha visto salpicada por una serie de escándalos (incluido el oscuro proceso de selección que la encumbró como candidata a la presidencia), de forma que pocos confían en su palabra y tiene uno de los índices de popularidad más bajos de la historia. Por suerte para la antigua Secretaria de Estado, su oponente es aún más impopular que ella.

Probablemente sobren las presentaciones para un personaje tan polémico como Donald Trump. El magnate neoyorquino ha centrado la controversia en esta campaña electoral al presentarse como uno de los candidatos a la presidencia más peligrosos de la historia de los Estados Unidos. De estilo agresivo, xenófobo, racista, machista y homófobo, su campaña está incidiendo en la progresiva polarización del país. A través de su intolerante discurso, Trump traza una imagen apocalíptica del declive estadounidense para presentarse a sí mismo como el salvador de la nación a través de un gobierno basado en la ley y el orden. En resumen, Trump exhibe sin ningún pudor una concepción autoritaria que ha hecho estremecer hasta a algunos miembros de su propio partido. De hecho, podemos considerar que Donald es un republicano bastante atípico. Trump, por ejemplo, apunta a una política aislacionista y proteccionista que rompe con las tendencias generales de sus predecesores.

El slogan de Trump "Make America great again" (Haced a América grande de nuevo) demuestra el tipo de nacionalismo agresivo del que hace gala el republicano, similar al de otras fuerzas de ultraderecha europeas

La lista de los peligros de una hipotética presidencia del multimillonario no se acaban aquí. Trump es un negacionista convencido del cambio climático, presume de querer imponer un inmenso recorte de impuestos a las grandes fortunas de su país (impuestos que él mismo alardea de haber evadido durante años) y por supuesto, la mayor parte de sus propuestas violan todos los derechos humanos imaginables (recordemos por ejemplo, su plan de prohibir la entrada a Estados Unidos a los musulmanes o el de obligar al gobierno mexicano a pagar por la construcción de un gigantesco muro en la frontera). No cabe duda de que una presidencia de Donald Trump nos situaría ante un mundo todavía más peligroso que el que hoy conocemos.

Ante este panorama, muchos nos preguntamos por el sorprendente ascenso de esta figura política. Sin duda, el discurso de Donald Trump es absolutamente irracional y se apoya en la mentira sistemática. Sin embargo, no debemos olvidar que el poder de este tipo de discursos no se basa en su racionalidad. Tal y como sucedió durante la campaña del Brexit, los discursos emocionales dirigidos contra el establishment son capaces de imponerse a los argumentos racionales. La respuesta de amplios sectores de la población en épocas de incertidumbre suele ser la de refugiarse en promesas conservadoras y autoritarias que prometen el retorno a la estabilidad a cambio de sacrificar derechos fundamentales. El miedo permite la manipulación de la opinión pública, esto resulta evidente.

La confluencia de todos estos factores, impiden predecir con claridad el resultado final de las elecciones. Aunque es cierto que se mantienen algunas tendencias consolidadas, los cambios pueden ser inesperados e incluso, es posible que algún bastión cambie de color por primera vez en décadas (hay quienes sugieren que la campaña demócrata se está centrando en tradicionales Red States como Arizona o Georgia). Por lo tanto, tendremos que mantenernos al borde del precipicio, al menos hasta el 8 de noviembre.

Son sin duda, unas elecciones tristes. La impopularidad de Hillary lleva a amplios estratos de la sociedad a apoyar a Trump y viceversa. Por suerte para nosotros, la creciente complejidad demográfica de los Estados Unidos no beneficia al republicano. En estos momentos, Trump es apoyado mayoritariamente por los varones blancos estadounidenses, pero por el contrario, las encuestas demuestran que es incapaz de cortejar a una mayoría de mujeres, así como a las distintas minorías raciales. Su discurso de odio, le impide el acceso a amplios sectores de votantes y por este motivo, Clinton tiene una posibilidad de vencer. Todo dependerá de la participación de los votantes, de comprobar hasta qué punto la demócrata ha sido capaz de movilizar a los partidarios de la revolución de Sanders. Es un hecho que su desconexión con los votantes jóvenes es manifiesta, pero por suerte para ella, muchos la siguen considerando un "mal menor". Por lamentable que parezca, es la única esperanza que nos queda. Así que, solo podemos decir: Good luck Hillary Clinton.