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domingo, 25 de septiembre de 2016

OPORTUNIDADES PERDIDAS DE NUESTRA HISTORIA II: ANÍBAL BARCA, LA PEOR PESADILLA DE ROMA

Uno de los acontecimientos más decisivos en nuestra historia fue sin duda el enfrentamiento entre las dos grandes potencias del Mediterráneo en la Antigüedad: Roma y Cartago. Las llamadas Guerras Púnicas abrieron el camino a la formidable expansión de Roma que acabó culminando en la creación de un imperio latino que creó la base cultural sobre la que se desarrollarían los futuros países europeos. 

En primer lugar, cabe destacar que la expansión romana no fue un proceso rápido ni uniforme, sino que su radio de acción se fue ampliando progresivamente a lo largo de siglos. No obstante, el momento clave en el que el proceso comenzó a acelerarse fue a partir de la derrota de su mayor rival: Cartago. 

Los cartagineses eran, a mediados del siglo III a.C., la mayor potencia naval del Mediterráneo Occidental. Su ciudad Cartago descendía de una antigua colonia fenicia llamada Tiro, que había sido fundada en las costas del Norte de África. Con el transcurso del tiempo, la ciudad de Cartago fue creciendo hasta convertirse en el centro de una poderosa civilización cuya influencia se extendía desde las costas norteafricanas hasta el sur de la Península Ibérica, así como a lo largo de numerosas islas del Mediterráneo (las Baleares, Sicilia, Córcega y Cerdeña). Cartago contaba con una posición geoestratégica inmejorable, una flota de guerra permanente y uno de los mayores puertos del mundo. 

Por su parte, Roma también había ido creciendo desde su fundación expandiéndose a lo largo de la Península Itálica a partir de numerosos enfrentamientos con sus enemigos locales. Su dominación de Italia culminó con la conquista de las ciudades-estado independientes de la Magna Grecia tras el fin de las Guerras Pírricas (280-275 a.C.). 

Situación en el Mediterráneo Occidental al comienzo de la Primera Guerra Púnica (264 a.C.)
Con el crecimiento de ambos, el conflicto de intereses y el enfrentamiento por el dominio del mar se hicieron inevitables. La ruptura de hostilidades se produjo en el 264 a.C. con el estallido de la Primera Guerra Púnica, cuya acción se centró especialmente en la ocupación de Sicilia. Aunque al inicio del conflicto, Cartago poseía una superioridad naval innegable, cuando terminó la guerra en el 241 a.C. Roma había conseguido alzarse con la victoria tras un extraordinario crecimiento de su flota marítima. La derrota cartaginesa supuso su desalojo definitivo de Sicilia y las islas contiguas que pasaron a manos romanas. 

Finalizada la guerra, Cartago entró en una profunda crisis económica, al ser incapaz de hacer frente a las indemnizaciones de guerra impuestas por los romanos y al pago de los mercenarios que había utilizado en la guerra. El descontento de estos últimos derivó en una insurrección a la que se unieron las guarniciones de Cerdeña. La llamada guerra de los Mercenarios constituyó un crudo enfrentamiento civil que fue aprovechado por Roma para arrebatarle a Cartago las islas de Córcega y Cerdeña aprovechando su debilidad interna. Aunque esto suponía una violación del tratado de paz recientemente alcanzado, de nada sirvieron las quejas púnicas a Roma que amenazó con declararles nuevamente la guerra si no le cedían inmediatamente el control de ambas islas. Finalmente, los ejércitos cartagineses liderados por Amílcar Barca consiguieron sofocar la insurrección de los mercenarios aunque las pérdidas económicas y humanas fueron enormes. 

Para superar las consecuencias de la crisis de los mercenarios y las pérdidas territoriales, Amílcar Barca proyectó entonces la expansión por los territorios de la Península Ibérica que se encontraban al margen de las prohibiciones impuestas por Roma en el tratado de paz. De esta forma, en el 237 el general cartaginés conquistaba el valle del Guadalquivir y la región minera de Sierra Morena, consiguiendo así, áreas ricas en recursos naturales. Tras el fallecimiento de Amílcar, su yerno Asdrúbal le sucedió al frente de las operaciones. Bajo su mandato, se consolidaron las nuevas posesiones cartaginesas a través del acercamiento a los reyezuelos indígenas y se sentaron las bases de la organización cartaginesa en la Península Ibérica con la fundación de un nuevo centro político administrativo: Qart Hadasht (que luego sería conocida como Carthago Nova y se corresponde con la actual ciudad de Cartagena). 

La recuperación cartaginesa produjo un enorme recelo en Roma. De esta forma, los romanos envían en el 226 a.C. una embajada que negocia con Asdrúbal un tratado en el que se fijan los límites a la expansión cartaginesa en la Península Ibérica. En virtud del acuerdo, Cartago solamente podría extenderse hasta el sur del río Ebro. 

Aníbal Barca 
Finalmente Asdrúbal fallece en el 221 a.C., pasando a asumir el mando del ejército el hijo de Amílcar, Aníbal Barca. Nada más subir al poder, el nuevo general inicia el asedio de la ciudad de Sagunto que se rinde tras 8 meses de resistencia. Aunque la ciudad se encontraba al sur del Ebro y, por lo tanto, en el área de expansión teóricamente cartaginesa, Sagunto era una ciudad aliada de Roma. Todo apunta a que Roma dejó caer a su aliada para poder contar con un pretexto que le permitiese declarar la guerra a Cartago. Fuera como fuese, la Segunda Guerra Púnica se inició en el 218 a.C. 

A diferencia de la situación vivida en la Primera Guerra Púnica, ahora el control del mar le correspondía de forma indiscutida a Roma, que planeaba un doble desembarco en África y en la Península Ibérica. Aníbal,  plenamente consciente de que la presencia de Roma en Iberia podría desembocar en el levantamiento de las tribus locales decide llevar la contienda a suelo italiano. Ante la imposibilidad de llegar hasta la Península Itálica por mar, Aníbal toma una decisión inaudita: llevar a cabo una invasión terrestre, atravesando los Alpes. Así pues, en el 218 a.C. el cartaginés parte con un gran ejército hacia el norte. 

Los romanos, que en ese momento se encuentran en una situación compleja ante el estallido de una rebelión de los galos en el Valle del Po, deciden intentar detener a Aníbal en su travesía. Escipión trata de detener a las tropas de Aníbal en la costa a la altura del Ródano, pero Aníbal consigue burlar las defensas romanas al adentrarse hacia el interior y atravesar el río lejos de su desembocadura. 

Es entonces cuando Aníbal llevó a cabo una de las mayores hazañas de la historia universal. Ante la sorpresa de sus enemigos, atravesó las cumbres de los Alpes con su ejército. El frío helador y las durísimas condiciones del trayecto hicieron perecer a miles de soldados y a la inmensa mayoría de elefantes que les acompañaban. Sin embargo, esta arriesgada maniobra le permitió adelantarse a los movimientos de sus enemigos y entrar repentinamente en territorio italiano. 


Aníbal cruzando los Alpes 

El romano Escipión se encamina entonces hacia el Valle del Po para hacerse cargo de la legión allí asentada y detener a Aníbal. El Senado romano toma la decisión de posponer los planes de invasión de África y envía a Sempronio al mando de dos legiones a modo de refuerzo. Sin esperar la legada de estos refuerzos, Escipión acude al encuentro con Aníbal y éste lo derrota en la batalla de Tesino. Los romanos se ven obligados a retirarse hacia el sur del Po y acampan en las orillas del Trebia, donde se les unen las tropas de Sempronio. No obstante, Aníbal vuelve a infligirles una severa derrota. El paso victorioso de los ejércitos de Aníbal consigue de esta forma, unir a su causa a los galos rebeldes que le ven como una opción viable para combatir el expansionismo romano. 

Aníbal prosigue entonces en su avance hacia Roma y, tras cruzar los Apeninos, vuelve a derrotar a los romanos en el lago Trasimeno. Esta última derrota de Roma condujo al nombramiento de Quinto Fabio Máximo como dictador con el propósito de aniquilar a los cartagineses. Escarmentado por las 3 derrotas anteriores, decide cambiar de estrategia optando por evitar el enfrentamiento en campo abierto con Aníbal (donde se considera que el formidable general resulta imbatible) pero manteniendo un acoso constante para obligar al cartaginés a permanecer en movimiento y agotarle mientras Roma recupera su vigor. El cambio de rumbo pareció dar resultado e incluso el cartaginés cometió un error que estuvo a punto de costarle la derrota. Mientras Aníbal estaba saqueando Campania, Fabio consiguió atraparle en un profundo valle. Para conseguir escapar de la trampa, Aníbal ideó una estratagema brillante: envió por la noche a un grupo de bueyes con antorchas atadas a sus cuernos de forma que, cuando los soldados que le cerraban el paso a Aníbal vieron el fuego, creyeron que se trataba del general púnico poniéndose en movimiento, por lo que abandonaron su posición para dirigirse hacia la trampa. Aprovechando que el paso había quedado libre gracias al engaño, Aníbal aprovechó para huir inmediatamente. 

Desesperados por los continuos triunfos de Aníbal, los romanos escogieron como nuevos cónsules a Emilio Paulo y Terencio Varrón, confiándoles un enorme ejército de más de 70.000 hombres con el que esperaban obtener una victoria definitiva. Aníbal logró entonces una nueva hazaña que quedaría registrada en los libros de historia: en una situación de gran inferioridad numérica, aplastó a los ejércitos romanos en la batalla de Cannas (216 a.C.) gracias al uso de una increíble maniobra envolvente. El genio militar cartaginés consiguió con esto infligir a Roma la mayor derrota de su historia. 
Esquema de la batalla de Cannas
Con la victoria al alcance de su mano, Aníbal tomó una decisión inesperada que ha suscitado un intenso debate en los historiadores: no conquistar la ciudad de Roma en su momento de máxima debilidad. A partir de este momento, los romanos deciden tras el desastre volver a la estrategia de evitar la confrontación directa y Aníbal busca una salida al mar hacia el sur para poder recibir refuerzos de Cartago (lo cual consigue en los puertos de Locri y Crotona). El tiempo transcurre mientras Aníbal sigue cosechando numerosas victorias en la zona meridional de la Península Itálica y los romanos se centran en la recuperación de la Campania. 

Publio Cornelio Escipión, hijo del general al que Aníbal había derrotado al comienzo de la guerra, se puso al mando de las legiones en Hispania en el 210 a.C. y gracias al apoyo de numerosas tribus indígenas, consiguió concluir la conquista de Carthago Nova. Posteriormente, avanzó sobre el valle del Guadalquivir, logrando de esta forma expulsar a los cartagineses de la Península Ibérica. 

Mientras tanto, el dominio de Aníbal en territorio italiano se iba reduciendo al extremo meridional de la península. Aunque permanecía invicto y capaz de vencer en cualquier batalla, su presencia ya no suponía una grave amenaza para Roma que había sido capaz de acorralarle y recuperarse de sus anteriores pérdidas. En el 204 a.C., Escipión hijo desembarcaba en África al mando de un poderoso ejército amenazando a la propia ciudad de Cartago. Ante esta situación, el Gobierno cartaginés reclamó el auxilio de Aníbal. Sin embargo, aunque Aníbal consiguió llegar a las costas africanas, Escipión derrotó definitivamente a sus ejércitos en la batalla de Zama. 

Aníbal, el general invicto que no había perdido una sola batalla en suelo italiano, fue derrotado finalmente en la guerra. No obstante, esto no debe ensombrecer los impresionantes logros de este personaje. Admirado por todos sus coetáneos (incluidos sus enemigos) y por los historiadores de generaciones posteriores, Aníbal consiguió hacerse un hueco entre los grandes personajes de la historia universal. 

El final de la Segunda Guerra Púnica supuso en la práctica el fin de la amenaza sobre Roma. Se produjo la consolidación definitiva de la hegemonía romana en el Mediterráneo mientras que Cartago quedó reducida a una potencia menor en el norte de África que acabaría siendo arrasada y conquistada por Roma en el 147 a.C. Con la desaparición de Cartago, Roma tuvo el camino abierto para crear un imperio mediterráneo de magnitudes nunca vistas con anterioridad. Y esto, no lo olvidemos, fue uno de los procesos que más determinaron nuestra historia y cultura. 


Mapa con las consecuencias territoriales de las Guerras Púnicas 


domingo, 10 de julio de 2016

CLEOPATRA, MÁS ALLÁ DEL MITO

Me ilusiona poder compartir con vosotros la apasionante historia de una figura que me ha acompañado bastante tiempo en mis lecturas: Cleopatra. Sobran las presentaciones en el caso de un personaje tan afamado que ha sido retratado hasta la saciedad en el cine. Mujer enigmática, para muchos la pura representación de la sensualidad y la erótica del poder. A pesar de ello y como veremos, la visión que se nos ha transmitido de ella en la cultura popular no siempre ha sido la más rigurosa. Es nuestro trabajo pues, tratar de desentrañar el verdadero personaje de Cleopatra a través de su biografía. 

Cleopatra VII - pues aunque no le solamos añadir el ordinal detrás, en realidad era la séptima de su familia -  pertenecía al linaje de los Ptolomeos que gobernaban Egipto desde la muerte de Alejandro Magno. El conquistador macedonio había llegado en sus espectaculares campañas hasta Egipto, donde había fundado la ciudad de Alejandría. A la muerte de Alejandro, su enorme imperio fue dividido entre sus generales (los diádocos) de manera que Ptolomeo se convirtió en el nuevo soberano de Egipto.

Reparto del imperio de Alejandro Magno
Así dio comienzo la dinastía ptolemaica que gobernó Egipto desde el 323 a.C. hasta el 20 a.C. fecha de la muerte de nuestra protagonista. Durante este período, Egipto se consolidó como un reino próspero y su nueva capital, Alejandría, se convirtió en una de las principales urbes del mundo. Con una actividad comercial frenética, un imponente faro que se contaba entre una de las grandes maravillas del Mundo Antiguo y una espléndida biblioteca que constituía el principal centro del saber de la época, la luz de Alejandría brillaba por todo el Mediterráneo.

Las generaciones de la dinastía se fueron sucediendo y mientras Egipto continuaba su propio camino, la emergencia de un nuevo poder transformó radicalmente la situación de todos los Estados del Mediterráneo. Los romanos, tras vencer a los cartagineses en la guerras púnicas (264-146 a.C.), comenzaron un proceso de expansión que les encumbró como la principal potencia del momento. Desde la Península Itálica, Roma se extendió a este y oeste conquistando la Península Ibérica, la Galia, Grecia, el norte de África, Anatolia (actual Turquía) y el corredor siriopalestino. De esta forma, cuando Cleopatra accediese al trono de Egipto, su reino sería uno de los últimos reductos independientes de la cuenca mediterránea.

Si bien el poder de Roma constituía una clara amenaza para el Egipto independiente, no es menos cierto que algunos de sus gobernantes llevaron a cabo políticas nefastas que contribuyeron a empeorar la situación. El padre de Cleopatra, Ptolomeo XII, también conocido como Auletes (en referencia al aulós, la flauta que solía tocar en público), era un rey entregado a las fiestas, los banquetes y la bebida. Atemorizado por la creciente oposición que había hacia su persona y la delicada relación que mantenía con los romanos (a los que su predecesor había cedido la tutela de Egipto en su testamento), Ptolomeo XII recurría a constantes sobornos para ganarse apoyos y mantenerse en el poder a toda costa. Para poder pagar a sus aliados, el rey contraía deudas con prestamistas romanos y aumentaba la presión fiscal sobre los campesinos del reino, medida que en épocas de malas cosechas incrementaba el malestar de la población. Junto a la indignación de su pueblo, Ptolomeo XII se veía acosado por las intrigas familiares e incluso en el 58 a.C. se vio forzado a abandonar Egipto y huir a Roma por una rebelión encabezada por su hija Berenice IV. No obstante Auletes, con la ayuda de sus amigos romanos, consiguió volver y ordenó la ejecución de su hija rebelde.

Cleopatra se crió en este ambiente de crispación popular y tensiones en el seno de su familia. A pesar de ello, su formación fue muy completa. La princesa fue instruida en diversas disciplinas como la medicina, la astronomía, la literatura o las matemáticas. Además, era capaz de hablar un gran número de idiomas, incluido el egipcio, lo cual la convertía en el único miembro de toda la dinastía ptolemaica en hablar la lengua de su pueblo (no olvidemos que los Ptolomeos eran griegos y recibían una formación acorde con ello). Y es que si por algo brilló Cleopatra, fue por su inteligencia y erudición.

Cuando Ptolomeo XII murió en el 51 a.C. accedieron al trono de Egipto una jovencísima Cleopatra y su hermano Ptolomeo XIII que apenas era un niño. En los primeros momentos de su reinado, Cleopatra trató de impulsar medidas para paliar la dura crisis que atravesaba su reino. El pueblo de Alejandría sufría escasez, una alta inflación y elevados impuestos. Aunque su hermano, al ser varón, debería haber asumido el rol dominante de la pareja real de acuerdo a la costumbre de la época, su minoría de edad le obligaba a delegar sus funciones en un consejo regente. En esta situación, fue Cleopatra quien controló activamente el gobierno arrinconando al pequeño Ptolomeo que tampoco mostraba especiales dotes para la tarea. Sin embargo, pronto surgieron desavenencias en la pareja real avivadas por las conspiraciones contra Cleopatra dirigidas por su hermana menor Arsínoe (que aspiraba al trono) y los consejeros de su manipulable hermano. Así pues, Cleopatra y su séquito se vieron obligados a huir de Alejandría en dirección hacia la actual Siria.

Estando en el exilio, Cleopatra logró reclutar en solitario un ejército de mercenarios con la intención de reconquistar su reino. Sin embargo, a su regreso a Egipto, las tropas fieles a su hermano consiguieron frenar su avance en Pelusio, ciudad costera situada al nordeste del Delta del Nilo. Mientras las tropas de ambos hermanos se enfrentaban en un conflicto civil, en Roma la lucha por el liderazgo le correspondía a Julio César y Pompeyo. Este último, habiendo sido derrotado por su rival en la batalla de Farsalia, se vio obligado a huir y buscó refugio en Egipto creyendo que sería bien recibido por la amistad que había mantenido años atrás con el difunto rey Ptolomeo XII. Cuando Pompeyo alcanzó las costas de Egipto sin embargo, no se encontró con la cálida bienvenida que él esperaba. Por el contrario, fue asesinado por los egipcios ya que temían que ayudarle a él supusiese un enfrentamiento con César.

Poco después, Julio César llegó también a Egipto. Allí, las narraciones cuentan que se le mostró la cabeza de Pompeyo y esto le causó una auténtica conmoción. Al fin y al cabo, aunque habían sido rivales en el pasado, César no concebía una muerte así para Pompeyo. Una vez asentado en territorio egipcio, el romano decidió mediar en el conflicto entre Cleopatra y Ptolomeo. Para Roma, Egipto constituía un reino aliado y un territorio próspero que le podría proporcionar importantes recursos. Para poder fortalecer esta relación, resultaba imprescindible asegurar un gobierno estable.

De esta forma, César se presentó en Alejandría como árbitro y citó a los dos hermanos en la capital. El rey niño, que controlaba la ciudad y sus guarniciones, recibió a César de inmediato. Por el contrario Cleopatra, incapaz de traspasar la barrera que formaban las tropas de su hermano en Pelusio, se vio obligada a viajar de incógnito en una pequeña embarcación bordeando la costa. Finalmente consiguió llegar al palacio donde se alojaba César en Alejandría. Según el relato de Plutarco, la joven reina llegó envuelta en una alfombra que fue trasladada hasta los aposentos de César. Una vez allí, el criado que la trasladaba la desenrolló y de su interior emergió la bella Cleopatra que embelesó al romano. Historias románticas aparte, los historiadores dudan seriamente de la veracidad de este relato y más teniendo en cuenta que proviene de la pluma de Plutarco, autor romano enemigo acérrimo de Cleopatra que trató de retratarla en sus escritos como una reina frívola y seductora.

Sea o no cierto el relato de la alfombra, Cleopatra consiguió finalmente entrevistarse con César y atraerlo a su causa. Cuando Ptolomeo XIII averiguó lo sucedido, estalló en un arrebato de ira. Apelando al testamento de Auletes que establecía el gobierno conjunto de ambos hermanos, César confiaba en poder evitar una guerra civil a través de justas recompensas para todos los miembros de la familia real. Pero a pesar de sus esfuerzos, el enfrentamiento se hizo inevitable. Acorralados en el distrito de Palacio, César y Cleopatra, con el apoyo de escasas guarniciones, tuvieron que hacer frente a las tropas fieles a Ptolomeo en una dura guerra en la que estuvieran a punto de sucumbir. Tras meses de encarnizados enfrentamientos, la llegada de refuerzos y la estrategia de César, permitieron que la balanza se inclinara a su favor. Ptolomeo XIII murió ahogado en el Nilo al intentar huir. Una vez asegurada la victoria, Cleopatra fue repuesta en el trono junto a su hermano menor Ptolomeo XIV. La reina consiguió ver reafirmada su posición y asumió la dirección efectiva del gobierno.

César y Cleopatra entablaron entonces una alianza decisiva para el futuro de ambos. Mientras que ella necesitaba la amistad de Roma para asegurarse la protección y la independencia de su reino, él se encontraba interesado en las riquezas del país amigo. Dejando de lado las consideraciones sentimentales del romance, lo cierto es que la reina egipcia había conseguido fortalecer su posición a través de una maniobra diplomática brillante. Al final, la relación entre César y Cleopatra se aproximó más a un tratado amistoso que a una aventura pasional.

En algún momento entre el 47 y el 44 a.C. Cleopatra dio a luz a un hijo al que puso el nombre de Ptolomeo César aunque el pueblo de Alejandría pronto le conoció como "Cesarión" ya que se rumoreaba que su padre era César. Aunque las fuentes no se ponen de acuerdo en cuanto a la cuestión de la paternidad del niño, Cleopatra no hizo ningún esfuerzo en acallar estos rumores que le beneficiaban. En este período, la reina se trasladó probablemente hasta en dos ocasiones a Roma junto a su amante. La película protagonizada por Elizabeth Taylor nos muestra su entrada en la ciudad como un desfile triunfal, aunque tal recibimiento es altamente improbable, dada la desconfianza que sentían los romanos hacia Cleopatra. Aprovechando la impopularidad de la reina extranjera, los enemigos de César trataron de desprestigiarle en todo momento. Él sin embargo, no dejó de rendir homenaje a su amante, en honor de la cual erigió una estatua.

La suerte de la reina dio un giro radical cuando su valedor fue asesinado en el 44 a.C. Muerto César, Cleopatra se encontraba desprotegida en Roma por lo que regresó inmediatamente a Alejandría. Al poco tiempo de su llegada a la capital, su hermano Ptolomeo XIV, con quien compartía el trono, murió en extrañas circunstancias. Esto ha dado pie a ciertas sospechas sobre el papel que tuvo la reina en la muerte de su hermano. Algunos autores como Josefo, afirman que ella le envenenó temiendo que éste quisiera reclamar más poder. No obstante, no existen pruebas que avalen esta hipótesis e historiadores como Joyce Tyldesley no consideran extraño que el joven Ptolomeo XIV falleciese a los quince años teniendo en cuenta que la esperanza de vida para los varones en la época era de tan solo treinta y tres años.

Cleopatra y Cesarión representados
en el templo de Hathor en Dendera
Lo cierto es que la muerte de su hermano le allanó el camino. Con Cesarión a su lado, Cleopatra encontró el pretexto perfecto para evitar la incómoda obligación de buscar a un nuevo co-regente masculino con el que contraer matrimonio dado que la tradición ptolemaica le permitía regentar el país en nombre de su hijo. Ptolomeo XV jugó además un papel clave en la propaganda de su madre. Así, Cleopatra pasó a ser representada como una madre semidivina, identificada con la diosa Isis.

Los siguientes años fueron por los general pacíficos y estables, aunque la situación económica seguía siendo precaria ante la sucesión de malas cosechas y la alta inflación que afectaban a su pueblo. Pese a estos problemas, la posición de Cleopatra era más sólida que nunca, sin rivales que pudieran hacer peligrar su poder.

No obstante, en el resto del Mediterráneo la situación distaba bastante de ser pacífica. Tras el asesinato de César, en Roma se había formado el segundo triunvirato. Sus integrantes (Marco Antonio, Octavio y Lépido) se unieron para capturar a los principales asesinos de César (Bruto y Casio). Por su parte los magnicidas, al ver que carecían de apoyo en Roma, huyeron rápidamente hacia las provincias orientales en busca de ayuda. Tanto los triunviros, como Bruto y Casio, confiaban en poder encontrar un aliado en la reina de Egipto. Aunque Cleopatra se mostraba reacia a intervenir en un conflicto romano, las circunstancias le obligaron a tomar partido a favor de los triunviros. Una vez Casio y Bruto fueron derrotados en la batalla de Filipos (42 a.C.), el control de los territorios romanos se dividió entre los dos grandes hombres del momento: a Octavio le correspondió la Península Itálica y las provincias occidentales, mientras que Marco Antonio obtuvo la zona oriental. Lépido, por su parte, se quedó con el norte de África pero fue pronto apartado de la verdadera pugna de poder en Roma.

Marco Antonio realizó viajes a sus territorios recompensando a aquellos que habían apoyado al triunvirato y castigando a sus enemigos. Con la vista puesta en las riquezas y el destino de Egipto, convocó a Cleopatra a una reunión en Tarso, en donde se debería aclarar el papel que había tenido ella en la contienda. Allí, Cleopatra consiguió ganarse su apoyo y juntos entablaron una relación amorosa que marcaría inexorablemente el futuro político de ambos. De esta forma, la reina, sumamente vulnerable desde el asesinato de César, volvía a procurarse una alianza que le proporcionaba protección a su reino. A cambio de ayudarle en la financiación de sus campañas contra los partos en Oriente, Cleopatra consiguió que Antonio la reafirmase en el trono y eliminase a sus rivales más directos. Ambos regresaron a Egipto y allí pasaron una temporada juntos mientras Octavio aprovechaba al ausencia de Marco Antonio para reafirmar su posición en Roma. Al poco tiempo, murió la esposa de Antonio, Fulvia, por lo que éste se encontraba en libertad para contraer matrimonio con Cleopatra. Sin embargo, en un momento político complejo, a Antonio se le exigió renovar su lealtad a Octavio a través del matrimonio con su hermanastra Octavia. Esto no supuso un obstáculo para que la relación entre Cleopatra y Marco Antonio siguiese adelante. De hecho, tuvieron dos hijos gemelos en el 40 a.C.

A medida que pasaron los años, las relaciones entre Marco Antonio y Octavio se fueron tensando. Este último, aprovechaba su presencia en Roma para recabar apoyos contra su rival a través de difamaciones de todo tipo. Antonio era retratado como un títere en manos de una reina extranjera dado al derroche, mientras que Octavio defendía su imagen como la de un político incorruptible. Por otro lado, la incapacidad de Antonio para imponerse militarmente a los partos que amenazaban las fronteras orientales de Roma, incrementó su impopularidad. En esta situación, el enfrentamiento por la hegemonía a largo plazo se hizo inevitable. Cleopatra y Marco Antonio habían unido sus destinos al estrechar su colaboración a lo largo de años, de forma que lucharían juntos contra Octavio. En el 31 a.C. el enfrentamiento final tuvo lugar en la batalla naval de Actium, que supuso la victoria definitiva para Octavio, al tiempo que Cleopatra y Marco Antonio se batieron en retirada.

El final se acercaba para ambos amantes que vivían sus últimas horas en una situación de desconcierto. Cleopatra se encerró en su mausoleo junto a su tesoro mientras que Marco Antonio, abandonado por sus tropas, fue incapaz de revertir la desesperada situación. Al poco tiempo, llegó a sus oídos un falso rumor acerca de la muerte de Cleopatra y en ese momento el romano decidió quitarse la vida clavándose una espada en el estómago. Mientras perdía sangre, su cuerpo fue trasladado hasta la tumba en donde se encontraba ella. Marco Antonio fue entonces arrastrado hasta el interior a través de una ventana para que pudiera morir en los brazos de Cleopatra.

Cuando Octavio llegó a Alejandría, se encontró a la reina de Egipto atrincherada en su mausoleo amenazando con inmolarse y destruir su tesoro. Octavio, que deseaba evitar esto a toda costa, consiguió entrevistarse con ella. Según algunos autores prorromanos, los intentos de seducción de Cleopatra no funcionaron sobre el intachable Octavio. En cualquier caso, ella había intentado negociar el futuro de su hijo Ptolomeo XV en el trono de Egipto con escaso éxito. Ante la perspectiva de ser exhibida y humillada públicamente en Roma como una esclava, Cleopatra decidió quitarse la vida. Antes de morir, había enviado a Cesarión al exilio con una cierta cantidad de dinero para poder huir en dirección hacia la India donde, si todo salía bien, se reuniría con él. No obstante,  poco después del suicidio de su madre, su tutor Rodon le traicionó convenciéndole para regresar a Alejandría donde fue capturado y ejecutado.

Con la muerte de Cleopatra VII, la era helenística, heredera de la cultura helénica de la Grecia de Alejandro Magno, llegaba a su fin. En su lugar, el Mediterráneo conocía la creación del Imperio Romano que mantendría su hegemonía hasta el siglo V.

Con frecuencia, nuestros directores de cine y algunos historiadores se dejan guiar en exceso por los testimonios romanos que se conservan sobre su persona, los cuales nos reflejan a una Cleopatra frívola. Con ello, lo único que consiguen es cultivar  la tradición misógina de mujer-objeto que obvia los aspectos fundamentales de su persona. Cleopatra en realidad, fue mucho más que una simple seductora ya que por encima de su supuesta belleza, o de sus amantes, fue una reina cultivada, inteligente y ambiciosa que luchó toda su vida por la prosperidad e independencia de su reino. Por desgracia para ella, su fortuna fue similar a la de otros perdedores de la historia, puesto que su biografía sería escrita por sus enemigos.