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sábado, 12 de noviembre de 2016

DE LA CRISIS DEL PETRÓLEO A LA CAÍDA DE LA URSS: EL NEOLIBERALISMO COMO PENSAMIENTO ÚNICO


Los debates económicos que inundan nuestra sociedad actual, el neoliberalismo, el crecimiento de la desigualdad, las privatizaciones de servicios públicos, la aparente inviabilidad del Estado del Bienestar y el aumento constante de la deuda de los países (entre muchos otros), nos invitan a reflexionar sobre el origen de muchos de estos problemas, cuyas consecuencias experimentamos a diario. 

Tal y como describimos en una entrada anterior, finalizada la Segunda Guerra Mundial se extendió en los países occidentales un compromiso en materia económica conocido como el Consenso Keynesiano (en referencia a las tesis del economista John Maynard Keynes en las que se inspiraba). En líneas generales, el keynesianismo implicaba una activa intervención de los gobiernos en la economía de sus países. Frente a la teoría de la "mano invisible" de Adam Smith y el liberalismo clásico, los gobernantes de la posguerra mundial fueron conscientes de que resultaba imprescindible evitar que las constantes fluctuaciones del mercado llegaran a derivar en una crisis similar al crack de 1929, que pudiera en última instancia afectar gravemente la estabilidad social. Decidieron que el Estado emplearía todos los recursos a su alcance para compensar estos altibajos. De esta forma, los gobiernos nacionalizaron sectores estratégicos en la economía y extendieron las prestaciones sociales básicas creando los modernos estados del bienestar. En un mundo bipolar marcado por la Guerra Fría, el capitalismo se vio abocado a reformarse en profundidad para reducir en la medida de lo posible la lacra de la desigualdad económica e impedir así el avance de sus rivales comunistas. 

El sistema se mantuvo sin alteraciones fundamentales durante décadas de extraordinario crecimiento, expansión y aumento generalizado de los salarios. Todos los partidos políticos que se alternaban en el poder respetaban esta filosofía económica. 

La etapa de prosperidad que había comenzado tras la guerra, parecía no tener fin. El sistema keynesiano aparentemente contaba con una fórmula que neutralizaba los posibles problemas de la economía. Según la teoría de Keynes, la vida económica estaba determinada por una variable a la que denominaba demanda global. Cuando ésta era demasiado baja, el principal problema que surgía en una economía era el desempleo. Por el contrario, si la demanda global de una sociedad resultaba excesiva, se produciría una situación inflacionaria. Sin entrar en tecnicismos económicos, resulta fácil de comprender esta relación según la tradicional ley de la oferta y la demanda: a mayor demanda, mayor incremento de los precios de los bienes de consumo. Ante esta obviedad, la misión del Estado será actuar para evitar el exceso o la insuficiencia de la demanda global. Así, cuando haya desempleo por insuficiente demanda, se buscará incrementarla y para ello:

  1. Se disminuirán los impuestos directos para aumentar la renta de las familias y reactivar así el consumo
  2. Se aumentará el gasto público por parte del Estado
  3. Se fomentarán las exportaciones reduciendo el tipo de cambio
  4. Se incrementará la inversión reduciendo el coste del dinero para incentivar a las empresas

Cuando por el contrario, se pase de la destrucción de empleo a una creciente inflación, el gobierno deberá reducir el exceso de demanda aplicando las recetas opuestas a las que acabamos de hacer  referencia. Por lo tanto, parecía haberse encontrado la solución a los dos grandes problemas de la economía: el paro y la inflación. 

Keynes (a izquierda) y Hayek (a derecha) representan el
enfrentamiento entre dos formas radicalmente opuestas de
entender el papel del Estado en la economía 
¿Significa esto que el consenso keynesiano era compartido por todos? Lo cierto es que no. Existían algunos opositores que formulaban sin demasiado éxito sus propias teorías económicas. Una de las figuras más destacadas en su ataque a la economía planificada era el austríaco Friedrich Von Hayek. Para este autor, cualquier atisbo de intervención estatal en la economía tenía peligrosas resonancias de totalitarismo. En su obra Camino a la servidumbre (1944) argumentó que sin liberalismo económico, no habría libertad individual. El socialismo, según Hayek, desembocaba necesariamente en totalitarismo. Hayek protagonizó ya en sus años de juventud duros enfrentamientos con Keynes. Si para el austríaco el socialismo y el fascismo representaban males idénticos relacionados con la planificación económica central, Keynes le replicaba que el auge del nazismo no se debía a un gobierno de gran tamaño sino al paro a gran escala y el fracaso del capitalismo clásico. 

Durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el auge de la socialdemocracia y la cara amable del capitalismo keynesiano marginaron las tesis de Hayek y los que como él se oponían a la participación activa del Estado en la economía. 

Sin embargo,  el período dorado del capitalismo de posguerra no iba a ser eterno. En 1973, un suceso inesperado trastocó de forma irreversible las economías del mundo. La Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo decidió castigar a Estados Unidos y sus aliados occidentales por su apoyo a los israelíes en la Guerra de Yom Kipur, en la que se enfrentaban Israel contra Egipto y Siria. El embargo establecido para los envíos de petróleo hacia los países occidentales, repercutió en un aumento espectacular de sus precios. Puesto que las economías industrializadas dependían muy estrechamente del suministro de crudo, esto tuvo consecuencias dramáticas para sus economías. 


Precios del petróleo desde 1861

A partir de este momento, comenzó una crisis que Keynes no había podido prever (el economista británico había muerto en 1946). A una situación de desempleo se le unió una inflación galopante. Como vimos anteriormente, según el modelo keynesiano la convivencia de ambos problemas representaba un panorama inimaginable puesto que se producían por dos  coyunturas económicas excluyentes (excesiva o insuficiente demanda global) y se combatían mediante recetas diametralmente opuestas. Sin embargo, en 1973 la inflación que experimentó occidente ya no se derivaba de una excesiva demanda, sino de un espectacular aumento de los costes de producción producido por el embargo de petróleo. Es entonces cuando se generaliza un nuevo término conocido como estanflación: estancamiento económico unido a una situación inflacionaria. 

Ante este panorama, las recetas de Keynes ya no daban solución a los problemas existentes. Se volvió   entonces de nuevo la mirada sobre sus opositores. Las tesis de Hayek quedaron recogidas por los Chicago Boys, una escuela de economistas liberales salidos de la Universidad de Chicago y dirigida por Milton Friedman. Ellos consiguieron impulsar una nueva doctrina económica: el neoliberalismo. Frente a la economía de los años dorados, los neoliberales propusieron que se dejase en manos privadas el mayor número de actividades económicas posible. Rechazaban la intervención del Estado en la economía, defendiendo un amplio programa de privatización de empresas públicas. Para ellos, los agentes privados eran más eficientes que los públicos, por lo que el Estado debía reducir su tamaño para dejar que fuera el sector privado el encargado de generar la riqueza. Consecuentemente,  se adoptarían políticas fiscales restrictivas y se reduciría drásticamente el gasto público. En relación con el derecho laboral, fueron los neoliberales los que acuñaron un término que nos resulta muy familiar: la "flexibilización laboral", que en definitiva equivale a la eliminación de regulaciones a la actividad económica. En resumen, los economistas neoliberales protagonizaron un retorno a las doctrinas clásicas del laissez-faire, es decir, de la desregulación del mercado frente a la economía mixta keynesiana. 

El primer lugar donde los Chicago Boys experimentaron sus tesis fue en el Chile de Pinochet. Allí, se pusieron por primera vez en marcha las políticas de privatizaciones que posteriormente se irían extendiendo por los países occidentales. La convivencia entre una dictadura enormemente represora y el liberalismo económico más descarnado desmintió el sagrado binomio neoliberalismo-libertad planteado por Hayek. 

En los 80, el ascenso al poder de Margaret Thatcher en Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos supuso el momento de apogeo del neoliberalismo en el mundo anglosajón. Gran Bretaña, el primer lugar de Europa donde se había comenzado a implantar tras la Segunda Guerra Mundial el Estado del Bienestar, sufrió en sus propias carnes la cara más dura del neoliberalismo. A las privatizaciones masivas de servicios públicos y la consecuente reducción del Estado, se le unió el enfrentamiento abierto que mantuvo la primera ministra con los sindicatos obreros de su país. Especialmente crítica fue la situación durante la huelga de los mineros de 1984-1985. Probablemente la recordéis los que hayáis visto la película Billy Elliot, en la que el padre del protagonista pertenece al colectivo que se vio involucrado en ella. Lo cierto es que la huelga de mineros fue un conflicto tenso, durísimo para los obreros que mantuvieron la resistencia durante meses, sometidos a una gran violencia policial y a serias dificultades de financiación. La huelga culminó con la victoria sin paliativos de Thatcher y un enorme debilitamiento de los sindicatos que hasta ese momento habían jugado un papel fundamental en Reino Unido.  El modelo inglés se implantó con tal fuerza que el thatcherismo dividió en dos a la sociedad británica, entre los detractores y los admiradores de la primera ministra. 




El neoliberalismo de Thatcher y Reagan aceptaba como algo natural la desigualdad en la sociedad y la reducción drástica del gasto social, frente a la tendencia que había mostrado la socialdemocracia  europea por aspirar al ideal de la igualdad relativa. Frente a la idea del estado providencia, asumen que el Estado debe limitarse a funciones de seguridad y orden.

El neoliberalismo se fue extendiendo progresivamente por todos los países europeos en mayor o menor medida. Es cierto que la reputación y popularidad de los antiguos estados del bienestar han impedido en muchos casos su absoluto desmantelamiento pero las intenciones han sido claras. En nuestro país, los exponentes del neoliberalismo más radical los podemos encontrar en figuras por todos conocidas como Esperanza Aguirre, quien ha afirmado sentir una gran admiración por la dama de hierro. 

Por si el envite del neoliberalismo no fuera suficiente, la caída de la URSS a comienzos de los años 90 supuso una auténtica conmoción para la izquierda de todo el mundo. Con la desaparición de la amenaza soviética, el capitalismo se alzó triunfante y el comunismo quedó reducido a unos pocos países que se encontraban en una situación precaria sin su antiguo valedor. Los neoliberales proclamaron entonces que había quedado demostrado que su sistema era el único válido, que el comunismo  había fracasado, solamente traía miseria y había sido el capitalismo que ellos defendían la única garantía de prosperidad en la sociedad. La historia les había dado la razón. El discurso creo que lo conocemos muy bien. Se ha impuesto desde entonces un modelo de pensamiento único que trata de censurar cualquier atisbo de crítica hacia el sistema económico actual. El neoliberalismo rehuye del debate, se limita a desprestigiar al contrario, reduce su visión a una lógica bipolar de buenos y malos, ignorando por otro lado a los partidarios de las economías mixtas aduciendo que resultan insostenibles. 

Así hemos llegado a una situación crítica que ha quedado de manifiesto tras la crisis del 2008. El constante aumento de las desigualdades está creando sociedades más polarizadas, más frustradas e inseguras. La crisis de los antiguos partidos políticos que hoy vivimos en todo Occidente, se vincula con la incapacidad que éstos han demostrado por atajar el problema. El austericidio y las recetas neoliberales han comenzado a poner las bases de su propia destrucción. Parecen haber olvidado que una sociedad más igualitaria es también una sociedad más cohesionada. Muchos afirman que resulta inviable revivir el milagro keynesiano en nuestras sociedades actuales y en el mundo globalizado que tenemos y quizá tengan parte de razón. Se hace imprescindible pues reflexionar para que la izquierda vuelva a encontrar su lugar y su discurso en este panorama incierto, para no sucumbir ante la dictadura del pensamiento único. Mientras tanto, en medio del desconcierto actual, debemos recordar que los momentos más turbulentos, son también los más idóneos para el cambio. 


Vídeos de interés: 

        Vídeo corto en el que se explica con mucha claridad los fundamentos de la teoría keynesiana 

La pelea del siglo: Keynes contra Hayek 


miércoles, 5 de octubre de 2016

LAS CLAVES DEL DUELO CLINTON/TRUMP: ENTRE LA CONTINUIDAD HISTÓRICA Y EL DESCONCIERTO

El 2016 nos está dejando sin aliento. El Brexit, el imparable ascenso de la ultraderecha europea, la crisis de los refugiados, el terrorismo internacional, la implacable purga del autoritario gobierno turco y como no, las esperpénticas elecciones estadounidenses. El orden internacional de la posguerra mundial se está desmoronando a una velocidad inusitada, en un proceso aparentemente imparable cuyas consecuencias no podemos prever con claridad. La globalización ha entrado en crisis ante la desintegración de las clases medias y el crecimiento de las desigualdades sociales en un mundo capitalista anclado en el neoliberalismo económico que se mantiene incapaz de ofrecer alternativas viables. Estamos regresando a un panorama de inseguridades, una pesadilla que parecía olvidada en occidente. Y de nuevo los acontecimientos se encadenan de forma oscura: a la crisis económica, le sigue la política y el retorno a las viejas identidades del Estado-nación. Los partidos tradicionales no comprenden el alcance del proceso. Los perdedores de este capitalismo global voraz están alzando su voz, y no precisamente en un tono conciliatorio. 

Una de las consecuencias de esta degradación ha sido el ascenso de los populismos nacionalistas de derecha en la mayor parte de los países de nuestro entorno. Todos ellos basan su poder de seducción en una apelación al sentimiento por encima de la razón. Es por ello que de poco importó en el referéndum británico que los partidarios del "Remain" tuviesen un arsenal de datos verídicos con el que contradecir la falsa lógica del "Brexit". Al final, los partidarios de abandonar la UE consiguieron crear un discurso emocional mucho más poderoso. Cuando Boris Johnson bautizaba al día del referéndum como "Día de la Independencia Nacional", el mensaje del Brexit se introdujo en las más primarias emociones de muchos británicos. El sentimiento se impuso a la razón. Ante eso, el establishment apenas puede combatir. 

Algo similar sucede cuando analizamos la cita electoral más importante que tenemos por delante en este 2016: la elección presidencial de los Estados Unidos. Ante la perplejidad y ansiedad del mundo entero, el magnate Donald Trump tan solo se encuentra a un paso de la presidencia de una de las principales potencias del mundo. Muchos se plantean cómo es posible que hayamos llegado a este punto. En realidad, en el presente análisis nos remitiremos a la historia electoral reciente del país para poder comprender cuáles son los elementos de continuidad y de cambio presentes en este nuevo ciclo electoral y tratar así de imaginar qué posible desenlace tendrá todo esto.

En primer lugar, debemos comenzar aclarando brevemente el funcionamiento del sistema electoral estadounidense en las elecciones presidenciales. En Estados Unidos, el presidente se elige por sufragio indirecto, es decir, los ciudadanos no eligen directamente al candidato sino a unos electores o compromisarios que forman el llamado Colegio Electoral y votarán por el futuro presidente en cuestión. El reparto de electores se realiza por estados, en función de su número de representantes en el Congreso, es decir, en base a su población. Así, el estado más poblado del país, California, se sortea 55 compromisarios, mientras que en el otro extremo, se situarían estados  pequeños o semi-vacíos como Wyoming (3 electores), New Hampshire (4), etc. Ahora bien, una vez un candidato a la presidencia vence en un estado, recibe la totalidad de los compromisarios que le corresponden a dicho estado. Es decir, que si el candidato demócrata vence en California, aunque sea por una diferencia mínima de votos, obtiene los 55 compromisarios correspondientes. No se produce por tanto un reparto proporcional de los electores sino que todos ellos van para el ganador. Así, los candidatos van sumando sus compromisarios obtenidos en los distintos estados. Como el número total de compromisarios sorteados en la totalidad de los estados es de 538, para que un candidato se alce con la presidencia de los Estados Unidos debe al menos superar la barrera de los 270 electores en los que se sitúa la mayoría absoluta. 

Actual mapa electoral de Estados Unidos con los compromisarios correspondientes a los distintos estados
Este reparto ha generado importantes críticas, pues muchos no dudan en tildarlo de antidemocrático (al fin y al cabo, se puede dar la paradoja de que un candidato venza en votos pero pierda la presidencia por no obtener el número necesario de compromisarios para ser elegido. Esto mismo ha sucedido en algunas ocasiones, la más reciente en el año 2000 cuando Bush fue elegido presidente de los Estados Unidos perdiendo en número total de votos). Sin embargo, el sistema ha continuado en funcionamiento sin ninguna alteración, exceptuando las variaciones en representación de cada estado en función de su evolución demográfica (Texas por ejemplo, pasó de tener 34 compromisarios en las elecciones del 2008 a 38 en las de 2012 debido al alto crecimiento de su población en relación al resto del país).

Este peculiar sistema electoral, ha permitido victorias aplastantes a algunos candidatos a lo largo de la historia. En los comicios de 1936, por ejemplo, el candidato demócrata Roosevelt se alzó con el 60% del voto a nivel nacional y consiguió 523 compromisarios (prácticamente la totalidad de los electores en juego) ya que logró imponerse en 46 estados frente a su contrincante Alf Landon que, aún consiguiendo el 36% del apoyo popular, obtuvo tan solo la exigua cifra de 8 electores. En el extremo opuesto, Richard Nixon o Ronald Reagan obtuvieron para el Partido Republicano victorias espectaculares en las que prácticamente se hicieron con el control de todos los compromisarios en juego. De hecho, tales abrumadoras mayorías republicanas fueron la regla general de las elecciones presidenciales de los años 70 y 80 del siglo XX.

El cambio tan radical de escenarios entre unas y otras elecciones era posible gracias a la oscilación que experimentaban los partidos en los distintos estados. Sin embargo, a partir de la victoria de Bill Clinton en 1992 (y de forma más acusada a partir del 2000) se produce un cambio fundamental en la dinámica electoral estadounidense que va a perdurar hasta nuestros días. Desde ese momento, se van a consolidar los Red States republicanos y los Blue States demócratas, es decir, estados que siempre votan por el mismo partido elección tras elección. Como podemos apreciar en el siguiente mapa, esta raigambre territorial no era tan destacada con anterioridad. 
El mapa muestra los resultados electorales desde 1952. Los estados señalados en rojo representan una victoria republicana, frente a los azules que corresponden a los demócratas.
Tal y como ponen de manifiesto los mapas que acabamos de ver, los estados del nordeste (Nueva York, Pensilvania, Massachusetts, Vermont, etc.), los de la costa del Pacífico (California, Oregón, Washington) y los situados en torno a la región de los grandes lagos (Minnesota, Wisconsin, Michigan...) se han convertido en bastiones de los demócratas. Por el contrario, estados del interior y del sur como Texas, Arizona, Kentucky, etc. se inclinan por votar siempre al candidato republicano. Aunque nos pueda sorprender la amplia extensión de territorios que cubren estos últimos estados, teniendo en cuenta que en su mayor parte carecen de grandes densidades de población, esto deja a los republicanos en una situación de desventaja numérica a priori, puesto que, si sumamos los electores de los Blue States demócratas, obtenemos una cifra considerablemente más elevada que los de los Red States republicanos. Las razones que nos permiten explicar esta tendencia electoral presente desde hace más de 20 años son complejas y se encuentran relacionadas con numerosos factores que diferencian a los electorados de los distintos estados (demográficos, raciales, religiosos, riqueza, etc.)

Sin embargo teniendo en cuenta solo los bastiones de los dos partidos, ninguno de ellos llegaría a alcanzar la mayoría absoluta necesaria. Por lo tanto, para alzarse con la victoria, deben cortejar también a los pocos estados restantes: los llamados Swing States.  Son los únicos que van alternando su voto elección tras elección y pueden decantar la carrera presidencial. Entre ellos encontramos a estados como Ohio, Virginia, Nevada, Colorado, Florida, etc. De todos los Swing States, el más decisivo suelo ser este último ya que por su población se sortea la jugosa cifra de 29 compromisarios. Por este motivo, Florida ha sido el estado determinante en numerosas elecciones. En el 2000, por ejemplo, George Bush venció a su oponente Al Gore gracias a su victoria en Florida por un puñado de votos (aunque muchos pondrían en tela de juicio el resultado apuntando a un posible pucherazo).

En la carrera presidencial de este año, esta tendencia histórica se mantiene por lo que Hillary Clinton parte con una ligera ventaja numérica en compromisarios, con respecto a su adversario, aunque de nuevo, el resultado final lo decidirán los Swing States.

No obstante, otros factores históricos tienden por el contrario, a favorecer a Donald Trump. Por lo general, el partido que ha gobernado durante dos legislaturas seguidas, suele ser castigado en las urnas en los siguientes comicios. La última vez que un partido consiguió una tercera victoria consecutiva fue en las elecciones de 1988. Por otro lado, aunque en la historia de los Estados Unidos ha habido presidentes que se han presentado a la reelección en más de una ocasión (Roosevelt por ejemplo ganó cuatro elecciones seguidas), en la vigesimosegunda enmienda de la Constitución ratificada en 1951, se estableció que ningún candidato podría presidir el país durante más de dos legislaturas. Por este motivo, aunque probablemente obtendría la reelección en caso de presentarse, Obama se retira de la presidencia para siempre.

Al mismo tiempo, aunque la historia electoral nos sirva para comprender posibles tendencias en este ciclo electoral, lo cierto es que estas elecciones son, hasta cierto punto, imprevisibles. Esto se debe principalmente a la naturaleza de ambos candidatos.

Desde el punto de vista del Partido Demócrata, la excepcionalidad de las elecciones del 2016 se manifestó desde la misma campaña de las primarias. En esta contienda, la actual candidata a la presidencia Hillary Clinton, tuvo que medirse con un adversario atípico: el senador de Vermont Bernie Sanders. Sanders ha representado una auténtica revolución en el panorama político de los demócratas, puesto que por primera vez, un candidato que se definía a sí mismo abiertamente socialista, ha conseguido un apoyo masivo a lo largo del país, especialmente entre los votantes más jóvenes. El entusiasmo que despertó la candidatura de Sanders demuestra que se ha producido un cambio fundamental en la manera de entender la política en un país tradicionalmente ultraneoliberal. En el futuro podremos comprobar cuál es el alcance de dicho cambio. Frente a la movilización de Sanders, Hillary Clinton quiso presentarse a sí misma como el cambio progresivo (es decir, moderado), continuador del legado de Obama. En este sentido, la experimentada política representaba la alternativa preferible para el establishment y por otro lado, su candidatura traía una importantísima novedad histórica al panorama electoral norteamericano al convertirse en la primera mujer en aspirar a la presidencia del país. Hillary despierta sin embargo, pocas simpatías en el electorado de los Estados Unidos. Su imagen se ha visto salpicada por una serie de escándalos (incluido el oscuro proceso de selección que la encumbró como candidata a la presidencia), de forma que pocos confían en su palabra y tiene uno de los índices de popularidad más bajos de la historia. Por suerte para la antigua Secretaria de Estado, su oponente es aún más impopular que ella.

Probablemente sobren las presentaciones para un personaje tan polémico como Donald Trump. El magnate neoyorquino ha centrado la controversia en esta campaña electoral al presentarse como uno de los candidatos a la presidencia más peligrosos de la historia de los Estados Unidos. De estilo agresivo, xenófobo, racista, machista y homófobo, su campaña está incidiendo en la progresiva polarización del país. A través de su intolerante discurso, Trump traza una imagen apocalíptica del declive estadounidense para presentarse a sí mismo como el salvador de la nación a través de un gobierno basado en la ley y el orden. En resumen, Trump exhibe sin ningún pudor una concepción autoritaria que ha hecho estremecer hasta a algunos miembros de su propio partido. De hecho, podemos considerar que Donald es un republicano bastante atípico. Trump, por ejemplo, apunta a una política aislacionista y proteccionista que rompe con las tendencias generales de sus predecesores.

El slogan de Trump "Make America great again" (Haced a América grande de nuevo) demuestra el tipo de nacionalismo agresivo del que hace gala el republicano, similar al de otras fuerzas de ultraderecha europeas

La lista de los peligros de una hipotética presidencia del multimillonario no se acaban aquí. Trump es un negacionista convencido del cambio climático, presume de querer imponer un inmenso recorte de impuestos a las grandes fortunas de su país (impuestos que él mismo alardea de haber evadido durante años) y por supuesto, la mayor parte de sus propuestas violan todos los derechos humanos imaginables (recordemos por ejemplo, su plan de prohibir la entrada a Estados Unidos a los musulmanes o el de obligar al gobierno mexicano a pagar por la construcción de un gigantesco muro en la frontera). No cabe duda de que una presidencia de Donald Trump nos situaría ante un mundo todavía más peligroso que el que hoy conocemos.

Ante este panorama, muchos nos preguntamos por el sorprendente ascenso de esta figura política. Sin duda, el discurso de Donald Trump es absolutamente irracional y se apoya en la mentira sistemática. Sin embargo, no debemos olvidar que el poder de este tipo de discursos no se basa en su racionalidad. Tal y como sucedió durante la campaña del Brexit, los discursos emocionales dirigidos contra el establishment son capaces de imponerse a los argumentos racionales. La respuesta de amplios sectores de la población en épocas de incertidumbre suele ser la de refugiarse en promesas conservadoras y autoritarias que prometen el retorno a la estabilidad a cambio de sacrificar derechos fundamentales. El miedo permite la manipulación de la opinión pública, esto resulta evidente.

La confluencia de todos estos factores, impiden predecir con claridad el resultado final de las elecciones. Aunque es cierto que se mantienen algunas tendencias consolidadas, los cambios pueden ser inesperados e incluso, es posible que algún bastión cambie de color por primera vez en décadas (hay quienes sugieren que la campaña demócrata se está centrando en tradicionales Red States como Arizona o Georgia). Por lo tanto, tendremos que mantenernos al borde del precipicio, al menos hasta el 8 de noviembre.

Son sin duda, unas elecciones tristes. La impopularidad de Hillary lleva a amplios estratos de la sociedad a apoyar a Trump y viceversa. Por suerte para nosotros, la creciente complejidad demográfica de los Estados Unidos no beneficia al republicano. En estos momentos, Trump es apoyado mayoritariamente por los varones blancos estadounidenses, pero por el contrario, las encuestas demuestran que es incapaz de cortejar a una mayoría de mujeres, así como a las distintas minorías raciales. Su discurso de odio, le impide el acceso a amplios sectores de votantes y por este motivo, Clinton tiene una posibilidad de vencer. Todo dependerá de la participación de los votantes, de comprobar hasta qué punto la demócrata ha sido capaz de movilizar a los partidarios de la revolución de Sanders. Es un hecho que su desconexión con los votantes jóvenes es manifiesta, pero por suerte para ella, muchos la siguen considerando un "mal menor". Por lamentable que parezca, es la única esperanza que nos queda. Así que, solo podemos decir: Good luck Hillary Clinton.






martes, 23 de agosto de 2016

RETRATOS DE UN TIEMPO TURBULENTO I: LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL Y EL FINAL DE LA BELLE ÉPOQUE

Hoy vengo a hablaros de una historia de colapso. No existen otros adjetivos que puedan describir de manera más precisa la situación que vivió Europa tras 1914. En ese fatídico año dio comienzo la Gran Guerra y con ella, se puso en marcha el turbulento siglo XX cuyas consecuencias son perfectamente observables a día de hoy. 

Lo cierto es que desde un punto de vista cronológico, el siglo XX comenzó sin especiales alteraciones en la vida de los europeos. El año 1900 no trajo consigo grandes sobresaltos, sino que auguraba un brillante porvenir a las naciones occidentales. Se trataba de una época caracterizada por el optimismo en todos los campos. Los países europeos se hallaban en la cima de lo que ellos consideraban la "civilización" y pretendían exportar ese modelo al resto de sus colonias. A través de sus enormes imperios coloniales, sus relaciones comerciales y su influencia en todo el orbe terráqueo eran indudables. Mientras que Francia extendía sus dominios por todo el África Occidental e Indochina, el Imperio Británico poseía vastos territorios en prácticamente todos los continentes del planeta. Otras potencias, que habían llegado tarde al reparto colonial, pugnaban por alzar su voz. No obstante, es cierto que no todos los países europeos compartían un desarrollo homogéneo. Mientras que Francia vivía una situación de relativo estancamiento en cuanto a su desarrollo, Alemania constituía el país emergente por excelencia, gracias a un rapidísimo crecimiento industrial que ponía en peligro la vieja hegemonía británica. Por otro lado, el predominio del mundo anglosajón sobre las antiguas potencias latinas resultaba indiscutible. Países como España y Portugal ni siquiera compartían la suerte de sus vecinos franceses y veían derrumbarse las migajas de sus imperios. Los Estados Unidos mientras tanto, aún permanecían relativamente aislados y encerrados en sí mismos a pesar de su enorme potencial. 

La invención del cinematógrafo por parte de los hermanos Lumière
en 1895 constituyó uno de los mayores hitos en el progreso técnico en la época 
Pero al margen de estas divergencias, esos años constituyeron una época de prosperidad generalizada.  El crecimiento económico capitalista parecía asegurado a medida que las distintas economías nacionales se iban insertando en un mercado mundial y los avances tecnológicos auguraban el triunfo de la modernidad. El dinamismo demográfico de la creciente población europea daba lugar a la consolidación de enormes urbes como Londres o París. En el campo científico, el positivismo imponía su fe ciega en el progreso constante de la civilización. 

A esta época de seguridades y esperanzas se la conoce como Belle Époque. Mis lectores debéis disculparme pues en cierta forma, este relato, al igual que cualquier otro intento de síntesis en historia, simplifica la realidad de aquellos años. Al mismo tiempo que reconocemos el clima de optimismo de aquella época, no podemos obviar el aumento de las desigualdades sociales entre una creciente masa proletaria y una pujante burguesía industrial, todo ello inscrito en el marco de unos Estados prekeynesianos que carecían de verdaderas políticas sociales. Además, el triunfo de los países occidentales se había apoyado en un imperialismo que había destruido los primitivos tejidos industriales de los territorios colonizados, por lo que el porvenir de Occidente se cimentaba en la explotación de otros pueblos (algo que denunciaría Lenin años más tarde en su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo). Por otro lado, aunque el liberalismo parecía consolidar un régimen de libertades individuales, movimientos como el sufragista nos deben recordar que enormes sectores de la población permanecían excluidos de la participación política. Pero a pesar de todo ello, podemos concluir que efectivamente la Belle Époque fue una época optimista para Europa. 

Resulta evidente por tanto, que muy pocos en Europa podían prever las catástrofes que se cernían sobre su cercano futuro. No obstante, las sombras ya estaban ahí, y en realidad la guerra de 1914 no puede explicarse exclusivamente por el tradicional casus belli que todos hemos estudiado en el instituto (el asesinato al heredero al trono de Austria-Hungría) sino que el conflicto se fue cociendo a fuego lento. La humillación experimentada por Francia en la guerra francoprusiana de 1871, las crecientes rivalidades coloniales que motivaron graves incidentes entre las distintas potencias, los conflictos relacionados con las distintas minorías étnicas que formaban parte del Imperio austrohúngaro, el recelo de los británicos ante el espectacular avance alemán, la consolidación de Japón como actor internacional capaz de rivalizar con Rusia en el Extremo Oriente... demasiadas eran las señales que auguraban el comienzo de una época conflictiva y resultaba tan solo una mera cuestión de tiempo para que la guerra internacional se hiciera realidad. De hecho, al mismo tiempo que Europa vivía esta ilusoria seguridad, los Estados se encontraban enfrascados en una carrera armamentística sin precedentes. Es por ello que los historiadores se refieren también a este período histórico como el de la Paz Armada.



El aumento de los gastos militares en las distintas potencias marca la
carrera armamentística

Aún reconociendo estos antecedentes, no por ello la Gran Guerra dejó de ser menos sorprendente. Cuando en el verano de 1914 los hombres se dirigían al frente, las expresiones de júbilo marcaban las despedidas. Marchaban convencidos de la inminente victoria en el campo de batalla, creyendo que la guerra se resolvería rápidamente a su favor. Ni siquiera las familias que despedían a los combatientes percibían con claridad el peligro. Sin embargo, al poco tiempo la confianza se vería rápidamente desplazada por la desolación, mientras que la creencia en la victoria se desvanecería en el horror de las trincheras. 

Cuatro años después de ese prometedor verano de 1914, la guerra había destruido para siempre el sueño europeo. Al analizar las consecuencias de la Gran Guerra, la destrucción material o humana no nos permiten comprender la magnitud del conflicto. Efectivamente, la Primera Guerra Mundial se cobró aproximadamente unos 10 millones de víctimas, superando con creces cualquier conflicto anterior. Sin embargo, al lado de los 60 millones de muertos de la Segunda, esta cifra puede parecer poco significativa. Esto no nos permitiría por tanto comprender los motivos por los cuales la Primera Guerra Mundial fue en algunos aspectos mucho más determinante para la historia universal que su sucesora. 

La Primera Guerra Mundial supuso ante todo el colapso absoluto de la "civilización" occidental. Al fin y al cabo, la máxima desolación de una guerra total y de la utilización de las primeras armas de destrucción masiva, había tenido lugar precisamente en el seno de los países más avanzados. Esto daba lugar a una dolorosa conclusión: la razón ilustrada, el motor del progreso de la civilización occidental, solamente podía engendrar una barbarie sin límites. La ciencia y la técnica, cuyos beneficios habían parecido incuestionables en épocas anteriores, ahora abrían el camino al exterminio planificado de millones de personas. En este contexto, el positivismo ya no podía dar respuesta a un mundo en crisis donde las antiguas certezas perdían toda su validez. Fue así como nacieron  movimientos culturales como el dadaísmo con una vocación abiertamente rupturista, oponiéndose a la vieja civilización ilustrada y sus caducos valores. 

Los dadaístas jugaban a la provocación oponiéndose a las convenciones del arte burgués. Marcel Duchamp, a través de su readymade más famoso (Fuente, 1917) planteaba una revolución en el mundo artístico al demostrar que los objetos más ordinarios podían llegar a constituir obras de arte si se situaban en el contexto adecuado. 

Como resultado de todo lo anterior, la conmoción que produjo esta catástrofe marcó para siempre a las futuras generaciones europeas, que fueron conscientes de su inevitable declive. Europa abandonaba para siempre su sueño de supremacía, el eurocentrismo entró en crisis y las viejas potencias e imperios firmaron su sentencia de muerte. Bien es verdad que los británicos y franceses, vencedores en la guerra, mantuvieron con algunas dificultades sus enormes imperios coloniales, pero su papel en el panorama mundial nunca volvería a ser tan determinante como en el pasado. A partir de este momento, le correspondería a Estados Unidos el rol de nueva potencia hegemónica, aunque su influencia directa en los asuntos europeos se retrasaría aún unas décadas ante la renovada política de aislamiento que adoptaron los presidentes del país. 

El liberalismo decimonónico también se vino abajo en cierto sentido. Es cierto que las mujeres adquirieron el derecho al voto en algunos lugares como consecuencia de su incorporación al mercado laboral durante la guerra (por ejemplo, en 1918 en el Reino Unido se concedía por primera vez el voto a propietarias, esposas de propietarios y universitarias con más de 30 años). Sin embargo, la Europa que nació de la Gran Guerra se caracterizó por el progresivo triunfo del fascismo y el derrumbamiento de precarios regímenes democráticos acompañados de una pésima coyuntura económica que ni el espejismo de los Felices Años Veinte consiguió ahuyentar. Junto a la crisis económica, los regímenes capitalistas se enfrentaron a la aparición de un nuevo actor que cambiaría definitivamente las Relaciones Internacionales: la Unión Soviética. Por primera vez en la historia, las teorías de Marx encontraban una aplicación práctica en un país, planteando un sistema alternativo al liberalismo económico clásico. De esta forma, el enfrentamiento entre los dos modelos económicos irreconciliables, había comenzado. 

1914 no fue por tanto, un año cualquiera. Esa fecha nos recuerda la desaparición de todo un sistema de valores que jamás volvería a recuperarse. En su lugar, una nueva época daba comienzo. Se trataba ahora de un tiempo de inseguridades, de crisis e incertidumbre, de pesimismo y efervescencia cultural. Siguiendo la explicación del célebre historiador Eric Hobsbawm, el siglo XIX "largo" (1789-1914) había finalizado abruptamente para dar paso al nuevo siglo XX "corto" (1914-1989). El paradigma había cambiado para siempre. 


martes, 5 de julio de 2016

OPORTUNIDADES PERDIDAS DE NUESTRA HISTORIA I: JOSÉ BONAPARTE

En esta entrada abrimos una nueva sección titulada "Oportunidades perdidas de nuestra historia". A menudo, resulta tentador adentrarse en el mundo de la ficción para imaginar qué hubiera podido suceder si nuestra historia hubiese discurrido por cauces distintos. ¿Cómo habría cambiado la historia de Roma si Julio César no hubiese muerto asesinado? ¿Habría estallado la Segunda Guerra Mundial sin Hitler? La lista de incógnitas resultaría interminable. A esta práctica común, los historiadores la denominan historia contrafactual, dado que no se apoya en una evidencia fáctica sino que se adentra en el universo de la especulación. A través de este ejercicio, corremos el riesgo de alejarnos de la pretensión de rigurosidad de la disciplina histórica y refugiarnos en relatos ficticios más cercanos a la literatura.

Así pues, no es mi intención inventarme una historia paralela, pero todos reconocemos que determinados acontecimientos clave han marcado el devenir histórico de forma decisiva. Es por ello, que no podemos olvidar aquellos sucesos que podrían haber transformado nuestra historia, aquellas grandes oportunidades perdidas que quizá hubieran arrojado luz sobre el oscuro panorama de nuestra historia reciente.

Nos trasladamos de época y lugar hasta la España de la Guerra de la Independencia para analizar una de las figuras más polémicas de nuestra historia. Se trata de José I Bonaparte, hermano de Napoleón que protagonizó uno de los reinados más efímeros de España. A pesar de la brevedad de su estancia en Madrid, José I fue un monarca reformista con iniciativa propia que podría haber liderado un proceso de importantes reformas en la España de principios del XIX.

Manuel Godoy
Los comienzos del siglo XIX en España se caracterizaron por la tormentosa relación que mantuvo la familia real española con la Francia revolucionaria. El estallido de la Revolución Francesa generó en el gobierno español un temor al contagio y es por ello que en un primer momento se trató de prohibir la circulación de publicaciones de todo tipo a través de la frontera para evitar la propagación de las ideas revolucionarias. Cuando el rey de Francia Luis XVI murió ejecutado en 1792, una nueva figura ascendió en el panorama político español: Manuel Godoy. El nuevo valido del rey adoptó una política beligerante hacia la Francia de la Convención y se precipitó a una guerra que ensuciaría su imagen como político. Tres años más tarde, tras importantes derrotas militares, Godoy se vio obligado a firmar la Paz de Basilea por la que los franceses restituyeron todos los territorios ocupados en el norte de España. En 1796, se firmaba el Tratado de San Ildefonso sellándose una alianza francoespañola contra Inglaterra. Inmediatamente después comenzaría una guerra contra Inglaterra en la que España sufriría duras pérdidas como la caída de Trinidad (plaza fundamental para el control del comercio con América) y la derrota del Cabo de San Vicente. La situación se agravó cuando Napoleón accedió al gobierno en Francia y comenzó a presionar a Godoy para que se plegase a sus deseos y le ofreciese ayuda militar en el mar contra los ingleses. Así, en 1805 la Armada española quedó prácticamente liquidada en la batalla de Trafalgar. A partir de entonces, España jamás volvería a recomponer su poder marítimo.

Las derrotas militares, la influencia de Napoleón y la grave crisis hacendística de una España desangrada por la guerra crearon un caldo de cultivo ideal para el crecimiento de la oposición contra la familia real y Manuel Godoy, al que acusaban de ser un advenedizo. Los grupos opositores se agruparon en torno a la figura del príncipe Fernando. En 1807, tras un primer intento fracasado de golpe de Estado por parte de Fernando en el Escorial, la corona española firmó el Tratado de Fontainebleau por medio del cual, las tropas francesas recibieron el permiso español para atravesar el territorio peninsular en dirección hacia Portugal (tradicional aliado de Inglaterra al que convenía neutralizar si se deseaba vencer en la guerra). Sin embargo, pronto se hizo evidente que el propósito de los ejércitos franceses era el de ocupar también España. Godoy, alarmado por la evolución de los acontecimientos, dispuso el traslado de la familia real española a América, medida que ya habían adoptado los reyes portugueses. Sin embargo, antes de comenzar el viaje, estalló el motín de Aranjuez en el que se capturó a Godoy y se obligó al rey Carlos IV a abdicar en su hijo Fernando. Ante esta situación de crisis en el seno de la familia real, Napoleón los convocó a todos en Bayona tratando de presentarse como árbitro de la situación. Allí, les obligó a abdicar en él mismo, y finalmente cedió la corona española a su hermano José Bonaparte. En este momento, coincidiendo con la marcha de la familia real en España, se produjo el levantamiento del dos de mayo y así dio comienzo la Guerra de Independencia Española.

La reunión en Bayona
En 1808 José Bonaparte abandonó su tranquilo reino de Nápoles para acudir a su nuevo destino. Desde el primer momento, el rey trataría de presentarse a sus nuevos súbditos como el garante de las novedosas reformas que el país necesitaba. El primer rasgo de reformismo del nuevo rey se manifestó en el llamado Estatuto de Bayona, documento redactado por una junta en la que participaron juristas españoles. Se trata del primer texto constitucional de la historia española, anterior incluso a las Cortes de Cádiz. No obstante, no podemos hablar de una constitución plena, sino más bien de una Carta Otorgada, fruto de la voluntad del Emperador (Napoleón), que se encontraba a medio camino entre el mundo del Antiguo Régimen y el constitucionalismo francés. El Estatuto era un texto de carácter claramente autoritario que establecía al rey como auténtico director de la política del Estado. Por otro lado, también recogía elementos de la tradición española como la afirmación de la religión católica como única del reino. Sin embargo, el texto incorporaba una serie de principios reformadores claros tales como el reconocimiento de la libertad de imprenta, la libertad personal o la inviolabilidad del domicilio. Si bien Napoleón contemplaba el documento como un mero instrumento para dar una apariencia de legalidad al cambio dinástico, José creyó en una constitución que trató de respetar escrupulosamente. Y es que si Napoleón se caracterizaba por ser un brillante militar, José por el contrario, destacaba como jurista.

A pesar de que José entró en España con los deseos de ser un rey constitucional plenamente convencido de su labor reformadora, desde el mismo momento en que atravesó la frontera, los españoles le recibieron con desprecio, calificándole como "rey intruso". Nada más llegar a Madrid, el rey se vio obligado a abandonar la capital ante el repliegue de las tropas francesas motivado por la victoria de los españoles en la batalla de Bailén. En respuesta a este revés, Napoleón lideró personalmente sus tropas en una campaña militar que restauró a su hermano en el trono español. A partir de ese momento, se iniciaría el verdadero reinado de José I. A su llegada a Madrid, Napoleón emitió en Chamartín unos decretos en los que se reconocían importantes medidas en el derribo del Antiguo Régimen, como la abolición de los derechos feudales y la Inquisición. Sin embargo, la campaña  había cambiado radicalmente la concepción napoleónica del gobierno de España. Para el Emperador francés, la resistencia mostrada por los españoles en Bailén constituía una ruptura del pacto constitucional y por lo tanto, se amparó en el derecho de conquista para colocar en el trono a su hermano como príncipe francés enteramente a su servicio y no como un soberano independiente. Sin embargo José, en su empeño por ser un rey constitucional, renovó el juramento al estatuto, acto que causaría la ira de su hermano quien acabaría acusándole de haberse "españolizado". Surgió entonces una discrepancia entre las posturas de ambos y José trató de mantener su independencia frente a su hermano.

Caricatura de Pepe Botella
Es evidente que la posición de José I resultaba sumamente precaria. En primer lugar, el rey carecía de respaldo popular, algo que le atormentaba profundamente. Sus coetáneos mostraron su desprecio hacia el nuevo rey a través de diversos motes entre los que sobresalen el de Pepe Botella (en referencia a su supuesto alcoholismo) o el Rey Plazuelas (por su labor urbanística volcada a la apertura de plazas en la capital). Por otro lado, su iniciativa política se veía limitada por las continuas injerencias de su hermano y ni siquiera era capaz de imponer su autoridad en el territorio controlado por sus tropas ya que los mandos militares franceses, leales a Napoleón, le desobedecían continuamente. La figura de José quedó de esta forma, completamente eclipsada por los éxitos militares del Emperador. Hasta los propios afrancesados, pronto comprendieron su posición de subordinación a Francia ya que el gobierno español estaba arruinado y dependía de los fondos franceses para mantener la marcha de la guerra. El transcurso del conflicto finalmente hizo inviable la implantación de las instituciones contempladas en el estatuto y el monarca intentó dirigir un proceso constituyente convocando unas nuevas Cortes abiertas a la participación de los diputados reunidos en Cádiz. No obstante, el proyecto naufragó y las Cortes de José I nunca llegaron a reunirse.

A pesar de todo esto, el "rey intruso" trató de mantener su compromiso reformista. Desde 1809 hasta 1812, el gobierno josefino llevó a cabo un importante programa ilustrado. José fue el primer rey que trató de racionalizar la administración heredada de los antiguos reinos adaptando el esquema de las prefecturas francesas al territorio español. Mostró interés por la educación pública al fundar en 1811 la Junta de Instrucción Pública en un intento de establecer los cimientos de un sistema público de educación a nivel nacional. José I destacó también en el plano cultural al disponer la creación de un Museo Nacional que acogiese obras de palacios reales y subvencionar la actividad teatral. Por último, el rey intentó impulsar una serie de medidas de modernización económica como la abolición de diversos monopolios o la aprobación de generosas concesiones otorgadas a aquellos que quisieran crear compañías industriales.

Fernando VII
La derrota de las tropas francesas marcó la marcha definitiva de José I y el retorno del infame Fernando VII. Todos los españoles que habían luchado por su "legítimo" rey se encontraron con la vuelta a la dureza del absolutismo. Los afrancesados, así como miles de liberales que habían dado sus vidas por Fernando, tuvieron que exiliarse cuando éste impuso una represión a gran escala. Fernando VII protagonizaría un reinado penoso, caracterizado por la ruina de la Hacienda, la represión política, la pérdida de la mayoría de las colonias americanas y el apego a la tradición del Antiguo Régimen. Sus decisiones ahondaron la dolorosa división entre liberales y absolutistas que causaría constantes enfrentamientos civiles a lo largo de todo el siglo.

Finalmente, Pepe Botella, odiado por sus súbditos e ignorado por sus generales, abandonó el trono español para siempre en 1813. Con su marcha, España perdía a un rey reformista que podría haber liderado una transición hacia un país moderno. A menudo, los relatos simplistas a los que acuden algunos de nuestros políticos inciden en la heroicidad del pueblo español durante su guerra contra el invasor francés, obviando la cruda realidad que trajo aquella contienda a la historia de nuestro país. Seamos críticos, no nos conformemos y revisemos constantemente nuestro pasado para no dejarnos manipular por el uso político de la historia.


martes, 28 de junio de 2016

CUANDO EL COMUNISMO SALVÓ AL CAPITALISMO: LA ERA KEYNESIANA (1946-1973)




Tras la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, el fin de la Guerra Fría parecía evidente. Desaparecido uno de los mayores símbolos de ese mundo bipolar, la Unión Soviética se descompuso a una velocidad insospechada. Terminaba así, la gran pugna ideológica que habían mantenido los dos grandes sistemas económicos del siglo XX: el capitalismo y el comunismo. A pesar de ello, en nuestras actuales campañas electorales resulta fácil comprobar que los discursos del anticomunismo propios de ese período siguen estando plenamente vigentes. Mientras que la izquierda zozobra en una incierta tormenta tras la desaparición de la URSS, la derecha exhibe músculo asumiendo que no existe ninguna alternativa a nuestros modelos actuales. La experiencia histórica, a priori, parecería darles la razón. Sin embargo, un análisis en profundidad de nuestra historia económica más reciente nos demuestra que los problemas a menudo son más complejos de lo que nos imaginamos. Por ello, debemos ser críticos, no caer en el discurso del miedo, sino comprender qué significó el comunismo soviético y cómo ha evolucionado nuestra economía hacia el neoliberalismo imperante en la actualidad que amenaza con destruirnos como sociedad. 

El capitalismo industrial había ido expandiéndose a lo largo del siglo XIX con un éxito fulgurante. Los países occidentales protagonizaron un rápido ascenso que les otorgó un liderazgo mundial apoyado en una colonización que les permitía seguir ampliando sus mercados. Los Estados europeos más industrializados implantaron el liberalismo a todos los niveles. Esto implicó, en primer lugar, una revalorización del individuo frente a la colectividad y una progresión hacia los derechos individuales. El siglo XIX representaba en definitiva, el abandono de la sociedad estamental del Antiguo Régimen y de todos sus valores. Los antiguos súbditos de la monarquía pasaban ahora a ser ciudadanos y la autoridad del rey se veía limitada por el principio de la soberanía nacional. Pero si bien  es cierto que en el terreno político el XIX trajo una igualdad jurídica que acabó con los privilegios del clero y la aristocracia, la realidad económica fue bien distinta. El liberalismo decimonónico no prestó atención a las desigualdades sociales que se estaban ampliando a raíz del desarrollo del capitalismo industrial.  Tal y como retrataron autores de la talla de Dickens, las clases bajas apenas podían aspirar a llevar una vida digna. Por esta razón, el malestar social del proletariado se fue cristalizando en un movimiento obrero cada vez más organizado.


Para los autores que inspiraron este movimiento, parecía evidente que las propias contradicciones del modelo capitalista acabarían por destruirlo. Marx veía una revolución inminente en aquellos países más industrializados. Sin embargo, esto no sucedió. Por el contrario, la revolución tuvo lugar en la Rusia zarista semifeudal y así, en 1917 surgió el primer gran desafío para el capitalismo de Occidente. No obstante, no sería el único.

Finalizada la Primera Guerra Mundial, Europa entró en una fase crítica para el capitalismo. Tras el breve espejismo de los Felices años Veinte (que en realidad se limitó al período 1924-1929), la Gran Depresión y el avance del fascismo marcaron serias amenazas para la supervivencia de los regímenes liberales. En un principio, los países occidentales actuaron con lentitud y prefirieron centrar su ofensiva hacia el comunismo, al que consideraban su mayor enemigo. Así, cuando el fascismo acosó a la República Española en 1936, las democracias parlamentarias (en especial el Reino Unido) dieron la espalda a sus aliados naturales ante el temor de que una victoria republicana pudiera apuntalar el comunismo. Sin duda, la política británica del appeasement, que buscaba evitar una confrontación directa con el fascismo, resultó ser un grave error que pagarían años después cuando se midiesen las fuerzas con las potencias del Eje. 

De esta forma, en 1939 la Alemania nazi disponía de una superioridad de fuerzas abrumadora que le permitió someter a la mayor parte de las potencias de la Europa Occidental. Pero entonces, el curso de la guerra dio un giro radical cuando Hitler decidió emprender la Operación Barbarroja, es decir, la invasión de la Unión Soviética. Por su parte, la URSS, que había firmado previamente un acuerdo con Alemania para repartirse Polonia, al verse agredida, tuvo que recurrir a un pacto contra natura. Se produjo entonces la efímera pero decisiva alianza entre el capitalismo y el comunismo. Juntos, hicieron frente a las potencias del Eje y consiguieron derrotarlas. Pero no nos engañemos, no fueron los Estados Unidos, ni el Reino Unido los principales responsables de la derrota de Hitler sino que fue la URSS de Stalin la que soportó el mayor peso de la guerra. Por lo tanto, no sería descabellado pensar que sin la intervención de la URSS, la Europa Occidental quizá no hubiera conocido un retorno a la normalidad parlamentaria. 

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, desaparecido el enemigo común, el capitalismo y el comunismo retomaron su enfrentamiento natural. En una Europa asolada por la miseria de la posguerra, el avance de los partidos comunistas constituía un motivo de preocupación para los políticos estadounidenses que confiaban en contar con aliados sólidos en Europa que sirvieran de barrera frente a la amenaza soviética. Es por ello, que Estados Unidos acudió al rescate de la Europa de posguerra a través del Plan Marshall que aseguró la reactivación económica del continente y, de esta forma, se aspiraba a impedir el éxito del comunismo entre los sectores más desfavorecidos. Pero más allá de esta iniciativa, los gobiernos occidentales tomaron una decisión mucho más relevante para su porvenir a largo plazo: aceptaron el modelo económico propuesto por John Maynard Keynes y se formaron los Estados del Bienestar. Mientras que en épocas anteriores, el modelo económico predominante había consistido en una mínima intervención del Estado en la economía (apoyándose en las teorías de la "mano invisible" de Adam Smith), Keynes había defendido el papel del Estado como corrector de las propias deficiencias del mercado. Es decir, se partía de la base de que dejar todo en manos de un mercado con enormes fluctuaciones podía desembocar en graves crisis como el crack del 29. Por el contrario, el Estado tenía la capacidad de usar sus recursos para compensar estas variaciones y otorgar una mayor estabilidad a la economía.

Relacionado directamente con esto, los gobiernos que estaban determinados a intervenir activamente en la vida económica asumieron el compromiso de crear un Estado del Bienestar que redujese las desigualdades sociales. Al fin y al cabo, si se conseguía la prosperidad deseada, los regímenes democráticos adquirirían estabilidad, evitarían desastres similares a los del pasado y frenarían la expansión del comunismo. El proceso comenzó en Reino Unido, gracias a la acción del nuevo primer ministro tras la guerra, el laborista Clement Attlee. A lo largo de las siguientes décadas, los principales Estados europeos adoptaron políticas en esta dirección, nacionalizando sectores estratégicos y fomentando las prestaciones sociales básicas (sanidad, educación, etc.). Con independencia del partido político que estuviera el gobierno, todos respetaban el consenso keynesiano. 

El mundo occidental entró entonces en una Edad de Oro. A lo largo de tres décadas, los países capitalistas vivieron un crecimiento económico sostenido mientras que la estabilidad de las nuevas democracias quedaba garantizada por la expansión de las clases medias. El aumento generalizado de los salarios  produjo una redistribución de los ingresos de manera que se redujo la desigualdad social hasta niveles nunca antes conocidos en occidente. 

Tasas de crecimiento medias por países en el período 1945-1970

Porcentaje de la riqueza nacional en manos del 1% más rico de la población

La prosperidad se mantuvo sin interrupción hasta la crisis del petróleo de 1973. A partir de entonces, los detractores del keynesianismo conseguirían imponer un nuevo modelo (el neoliberalismo) y las economías occidentales entrarían en un período decadente e incierto que se extiende hasta nuestros días. Una vez que esta extraordinaria edad dorada de la economía occidental hubo finalizado, los ciudadanos empezaron a adquirir conciencia de lo que habían perdido y  otorgaron distintos nombres a ese período (los franceses, por ejemplo, hablarían de los "Treinta Gloriosos"). 

Resumiendo, el capitalismo, que a duras penas había conseguido sobrevivir a la Depresión y la Guerra, fue capaz de reinventarse, asumiendo fórmulas que en épocas anteriores hubieran sido consideradas "socialistas" e impropias de una economía liberal. Fue la sombra constante de la amenaza comunista la que impulsó una reforma del propio sistema para asegurar su supervivencia. Paradójicamente, el comunismo, que había nacido con el objetivo de derribar al capitalismo, consiguió  indirectamente salvarlo de la debacle. 

miércoles, 22 de junio de 2016

SALVAR EUROPA

Os doy la bienvenida a todos a la primera entrada de este blog con el que espero poder compartir con vosotros mis reflexiones personales acerca de nuestra historia. En una época de incertidumbres como la nuestra, mirar al pasado es un ejercicio necesario, bien porque consideremos a la historia maestra de vida, o bien porque simplemente queramos comprender como hemos llegado hasta nuestra situación presente. 


Así pues, mi primer escrito se dirige precisamente a comprender o al menos intentarlo, qué significa el proyecto europeo y por qué nos jugamos tanto todos nosotros en el referéndum del Brexit que tendrá lugar mañana. Ahora que precisamente vivimos en una época de creciente euroescepticismo, es necesario adquirir una perspectiva más amplia para valorar la amplitud de la Unión Europea. 

En nuestra historia contemporánea han sido varios los personajes que han intentado implantar su propia noción de Europa, tratando de superar la fragmentación de los Estados-nación. Figuras como Napoleón o Hitler impulsaron sus propios proyectos europeos, pero no olvidemos que sus planes se alejaban mucho de lo que entendemos hoy por Unión Europea. Sus visiones de una Europa unida dependían de la dominación, exclusión y conquista, no de la cooperación entre pueblos. 


El proyecto europeo que dio origen a nuestra UE nació a partir de una Europa en ruinas que acababa de vivir la pesadilla de dos guerras mundiales. Las naciones europeas que antaño habían ostentado la hegemonía mundial, se habían visto desplazadas por la emergencia de dos superpotencias que marcaban ahora las dinámicas de las relaciones internacionales: Estados Unidos y la Unión Soviética. Europa, mosaico de Estados divididos y enfrentados entre sí a lo largo de su turbulenta historia, se encontraba en una situación crítica. Fue a partir de este momento cuando nació la idea de que Europa superase sus viejas barreras fronterizas y avanzase hacia un proyecto de federación de Estados cuyo futuro resultaría sumamente incierto. Uno de los primeros en señalar esta idea fue, a pesar de que hoy nos pueda resultar irónico, el británico Winston Churchill en su discurso en Zúrich en 1946. Allí, Churchill, al referirse a la lamentable situación del continente, apostó claramente por la formación de unos Estados Unidos de Europa: 



    

 A pesar de todo, aún hay un remedio que si se adoptara de una manera general y espontánea, podría cambiar todo el panorama como por ensalmo, y en pocos años podría convertir a Europa, o a la mayor parte de ella, en algo tan libre y feliz como es Suiza hoy en día. ¿Cuál es ese eficaz remedio? Es volver a crear la familia europea, o al menos todo lo que se pueda de ella, y dotarla de una estructura bajo la cual pueda vivir en paz, seguridad y libertad. Tenemos que construir una especie de Estados Unidos de Europa, y sólo de esta manera cientos de millones de trabajadores serán capaces de recuperar las sencillas alegrías y esperanzas que hacen que la vida merezca la pena.




No nos dejemos engañar, pues él siempre defendió que Gran Bretaña debía permanecer fuera de esa hipotética federación de Estados europeos. En realidad, el protagonismo de esa unión debía recaer en las dos grandes potencias continentales que se habían enfrentado en las últimas guerras: Alemania y Francia. A partir de la cooperación entre ambas, se superarían los fantasmas pasados y Europa caminaría hacia una nueva unidad. 

El proyecto de construcción europea se vio facilitado por las propias dinámicas de la Guerra Fría. Estados Unidos, temeroso ante el avance del comunismo en Europa y consciente de la necesidad de contar con un aliado fuerte que hiciera frontera con la URSS, apoyó enérgicamente el proyecto. El Plan Marshall, que permitió la reconstrucción económica de los países de la Europa Occidental, fue una primera iniciativa que obligó a estos Estados a coordinar sus acciones. 

Sin embargo, si bien eran varios los analistas que coincidían con Churchill en esa meta final, se abría un gran interrogante ¿Qué vía debían seguir para conseguir esta federación? Ni la vía política, ni la militar (es decir, la creación de un ejército europeo) consiguieron prosperar. En una Europa dividida, conformada por distintos Estados con culturas y tradiciones distintas, la unión política resultaba en aquellos momentos una utopía de difícil cumplimiento. Finalmente, sería una tercera vía, la económica, la que conseguiría dar un impulso real al proyecto. Se trataba de comenzar con una integración económica, es decir, la creación de una unión aduanera y, a partir de ahí, se iría avanzando hacia una cooperación cada vez más estrecha entre Estados que acabaría desembocando en la creación de esos Estados Unidos de Europa. 

Así, el 9 de mayo de 1950, el ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schuman, pronunciaba un discurso que ha sido considerado como uno de los documentos fundacionales de Europa: la declaración Schuman. En ella, se atisba esa Europa unida capaz de contribuir a la paz mundial y como primer paso de esa unión se propone la administración conjunta del carbón y el acero (bases de la economía industrial) de Francia y Alemania. Así, un año después Francia, Alemania, Italia y el Benelux firmaban el tratado de París mediante el que se constituía la CECA (Comunidad Europea del Carbón y el Acero). Se daba así el primer paso hacia una futura cooperación europea. En 1957 estos mismos países firmaron los Tratados de Roma que se consideran el origen de lo que posteriormente será la Unión Europea. 

No voy a llevar a cabo un recorrido sistemático a través de la evolución europea desde entonces pues acabaríamos entrando en un terreno árido y de difícil comprensión. A grandes rasgos, podemos señalar no obstante, los logros de esta Unión Europea. Desde ese primitivo club de los 6 miembros fundadores, Europa ha ido acogiendo en su seno a numerosos países hasta construir nuestra actual Europa de los 28. La Unión Europea ha conseguido mayor integración que ninguna otra iniciativa supranacional en el planeta. No se trata exclusivamente de un mercado común, sino que además, los ciudadanos europeos disponemos de una serie de derechos que son importantes (libertad de movimiento, voto en las elecciones locales, derecho de apelación a tribunales europeos, etc.). 

No pretendo con esto dibujar un panorama idílico de lo que significa Europa y todos conocemos sus grandes retos y sus enormes deficiencias. La moneda común ha significado una desventaja para economías muy dispares entre sí. Tenemos la paradoja de que nuestros gobiernos nacionales han perdido poder, pero no del todo. Es decir, cuando nosotros votamos en nuestras elecciones generales, nuestros políticos apenas tienen capacidad de maniobra puesto que no pueden controlar la política monetaria, pero al mismo tiempo, todavía conservan la capacidad de aprobar los presupuestos generales y las políticas fiscales. Europa por lo tanto, se encuentra a medio camino entre una unión federal y la soberanía de las distintas naciones. Existe una dialéctica Estado-Unión difícil de solucionar pues cualquier avance hacia una mayor unión entre los distintos Estados, implica una pérdida de soberanía a nivel nacional que causa incertidumbre y oposición. Al fin y al cabo, la UE se ha mostrado incapaz de inculcar una identidad europea y a día de hoy los ciudadanos europeos se sienten muy desvinculados del proyecto común y aferrados a sus viejas identidades nacionales. Esto complica enormemente el avance de un proyecto en el que priman los enfoques egoístas e individuales de los distintos gobiernos por encima del ímpetu federador. 

Pero en realidad, creo a mi juicio que el mayor reto que afronta Europa no es ninguno de los problemas hasta ahora mencionados. Se trata del monstruo del neoliberalismo y el austericidio. En otra entrada explicaré el origen de nuestro modelo económico actual, que pugna por sobrevivir tras el descalabro de la crisis del 2008 y que sin embargo se está mostrando sumamente ineficaz e injusto, aumentando las diferencias sociales al tiempo que nuestras economías languidecen. La economía se encuentra en el origen de grandes problemas que hoy nos acechan: la creciente inseguridad económica, el hundimiento de las clases medias y la insurgencia de partidos xenófobos, cuyo nacionalismo virulento y populista se impone como una receta emocional en una etapa de declive e incertidumbre. Esto nos conduciría además al creciente autoritarismo de los gobiernos, la crisis de los refugiados, la amenaza del terrorismo... En resumen, nuestra Europa actual. Pero no es mi intención analizar aquí esta problemática que me llevaría una entrada aparte. 

Mañana, los ciudadanos de uno de los países menos europeístas de nuestra Unión, pueden tomar una decisión de consecuencias históricas irreversibles. Esto no se debe a que el Reino Unido sea uno de los países que más haya contribuido a la integración europea (más bien al contrario) ya que los británicos, con una fuerte identidad propia respecto al resto del continente, asumen la UE como una mera unión económica pero en ningún caso como un proyecto político de mayores dimensiones que pueda hacer peligrar su querida soberanía nacional. A corto plazo, los mayores efectos del Brexit se dejarían sentir en el ámbito económico pero aún así, la UE seguiría siendo un gigante económico, con o sin Reino Unido. No obstante, el mayor efecto (y éste sí que podría ser devastador) sería de tipo moral. Significaría una decisión histórica de abandonar por primera vez el proyecto europeo dando la razón a los partidos de ultraderecha eurófobos. Por ello no es de extrañar que Marine Le Pen apoye tan enérgicamente a los partidarios del Brexit. El mayor peligro de esa decisión podría ser por tanto, la deslegitimación completa de Europa y el efecto dominó que podría arrastrar a otros países europeos. 



Hago un llamamiento a valorar las virtudes de esta unión que apenas conocemos. Europa parece haber dejado atrás las viejas guerras de naciones decadentes y gracias a este proyecto, hemos vivido la época de mayor paz de nuestra historia. Sin Europa, nuestros minúsculos Estados por separado son incapaces de prosperar en un mundo cada vez más globalizado. Los retos que afrontamos hoy los europeos no son de carácter exclusivamente nacional sino que nos afectan a todos. Ante problemas comunes se exigen soluciones comunes. Dar un sí a esta Unión por otro lado, no significa aceptar acríticamente todo su funcionamiento. Es posible luchar por una UE distinta, cambiarla y recuperar  entre todos una Europa del Bienestar. Pero no nos engañemos, si no luchamos por ella, a pesar de sus enormes defectos, la alternativa que tenemos ante nosotros no es halagüeña.