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miércoles, 5 de octubre de 2016

LAS CLAVES DEL DUELO CLINTON/TRUMP: ENTRE LA CONTINUIDAD HISTÓRICA Y EL DESCONCIERTO

El 2016 nos está dejando sin aliento. El Brexit, el imparable ascenso de la ultraderecha europea, la crisis de los refugiados, el terrorismo internacional, la implacable purga del autoritario gobierno turco y como no, las esperpénticas elecciones estadounidenses. El orden internacional de la posguerra mundial se está desmoronando a una velocidad inusitada, en un proceso aparentemente imparable cuyas consecuencias no podemos prever con claridad. La globalización ha entrado en crisis ante la desintegración de las clases medias y el crecimiento de las desigualdades sociales en un mundo capitalista anclado en el neoliberalismo económico que se mantiene incapaz de ofrecer alternativas viables. Estamos regresando a un panorama de inseguridades, una pesadilla que parecía olvidada en occidente. Y de nuevo los acontecimientos se encadenan de forma oscura: a la crisis económica, le sigue la política y el retorno a las viejas identidades del Estado-nación. Los partidos tradicionales no comprenden el alcance del proceso. Los perdedores de este capitalismo global voraz están alzando su voz, y no precisamente en un tono conciliatorio. 

Una de las consecuencias de esta degradación ha sido el ascenso de los populismos nacionalistas de derecha en la mayor parte de los países de nuestro entorno. Todos ellos basan su poder de seducción en una apelación al sentimiento por encima de la razón. Es por ello que de poco importó en el referéndum británico que los partidarios del "Remain" tuviesen un arsenal de datos verídicos con el que contradecir la falsa lógica del "Brexit". Al final, los partidarios de abandonar la UE consiguieron crear un discurso emocional mucho más poderoso. Cuando Boris Johnson bautizaba al día del referéndum como "Día de la Independencia Nacional", el mensaje del Brexit se introdujo en las más primarias emociones de muchos británicos. El sentimiento se impuso a la razón. Ante eso, el establishment apenas puede combatir. 

Algo similar sucede cuando analizamos la cita electoral más importante que tenemos por delante en este 2016: la elección presidencial de los Estados Unidos. Ante la perplejidad y ansiedad del mundo entero, el magnate Donald Trump tan solo se encuentra a un paso de la presidencia de una de las principales potencias del mundo. Muchos se plantean cómo es posible que hayamos llegado a este punto. En realidad, en el presente análisis nos remitiremos a la historia electoral reciente del país para poder comprender cuáles son los elementos de continuidad y de cambio presentes en este nuevo ciclo electoral y tratar así de imaginar qué posible desenlace tendrá todo esto.

En primer lugar, debemos comenzar aclarando brevemente el funcionamiento del sistema electoral estadounidense en las elecciones presidenciales. En Estados Unidos, el presidente se elige por sufragio indirecto, es decir, los ciudadanos no eligen directamente al candidato sino a unos electores o compromisarios que forman el llamado Colegio Electoral y votarán por el futuro presidente en cuestión. El reparto de electores se realiza por estados, en función de su número de representantes en el Congreso, es decir, en base a su población. Así, el estado más poblado del país, California, se sortea 55 compromisarios, mientras que en el otro extremo, se situarían estados  pequeños o semi-vacíos como Wyoming (3 electores), New Hampshire (4), etc. Ahora bien, una vez un candidato a la presidencia vence en un estado, recibe la totalidad de los compromisarios que le corresponden a dicho estado. Es decir, que si el candidato demócrata vence en California, aunque sea por una diferencia mínima de votos, obtiene los 55 compromisarios correspondientes. No se produce por tanto un reparto proporcional de los electores sino que todos ellos van para el ganador. Así, los candidatos van sumando sus compromisarios obtenidos en los distintos estados. Como el número total de compromisarios sorteados en la totalidad de los estados es de 538, para que un candidato se alce con la presidencia de los Estados Unidos debe al menos superar la barrera de los 270 electores en los que se sitúa la mayoría absoluta. 

Actual mapa electoral de Estados Unidos con los compromisarios correspondientes a los distintos estados
Este reparto ha generado importantes críticas, pues muchos no dudan en tildarlo de antidemocrático (al fin y al cabo, se puede dar la paradoja de que un candidato venza en votos pero pierda la presidencia por no obtener el número necesario de compromisarios para ser elegido. Esto mismo ha sucedido en algunas ocasiones, la más reciente en el año 2000 cuando Bush fue elegido presidente de los Estados Unidos perdiendo en número total de votos). Sin embargo, el sistema ha continuado en funcionamiento sin ninguna alteración, exceptuando las variaciones en representación de cada estado en función de su evolución demográfica (Texas por ejemplo, pasó de tener 34 compromisarios en las elecciones del 2008 a 38 en las de 2012 debido al alto crecimiento de su población en relación al resto del país).

Este peculiar sistema electoral, ha permitido victorias aplastantes a algunos candidatos a lo largo de la historia. En los comicios de 1936, por ejemplo, el candidato demócrata Roosevelt se alzó con el 60% del voto a nivel nacional y consiguió 523 compromisarios (prácticamente la totalidad de los electores en juego) ya que logró imponerse en 46 estados frente a su contrincante Alf Landon que, aún consiguiendo el 36% del apoyo popular, obtuvo tan solo la exigua cifra de 8 electores. En el extremo opuesto, Richard Nixon o Ronald Reagan obtuvieron para el Partido Republicano victorias espectaculares en las que prácticamente se hicieron con el control de todos los compromisarios en juego. De hecho, tales abrumadoras mayorías republicanas fueron la regla general de las elecciones presidenciales de los años 70 y 80 del siglo XX.

El cambio tan radical de escenarios entre unas y otras elecciones era posible gracias a la oscilación que experimentaban los partidos en los distintos estados. Sin embargo, a partir de la victoria de Bill Clinton en 1992 (y de forma más acusada a partir del 2000) se produce un cambio fundamental en la dinámica electoral estadounidense que va a perdurar hasta nuestros días. Desde ese momento, se van a consolidar los Red States republicanos y los Blue States demócratas, es decir, estados que siempre votan por el mismo partido elección tras elección. Como podemos apreciar en el siguiente mapa, esta raigambre territorial no era tan destacada con anterioridad. 
El mapa muestra los resultados electorales desde 1952. Los estados señalados en rojo representan una victoria republicana, frente a los azules que corresponden a los demócratas.
Tal y como ponen de manifiesto los mapas que acabamos de ver, los estados del nordeste (Nueva York, Pensilvania, Massachusetts, Vermont, etc.), los de la costa del Pacífico (California, Oregón, Washington) y los situados en torno a la región de los grandes lagos (Minnesota, Wisconsin, Michigan...) se han convertido en bastiones de los demócratas. Por el contrario, estados del interior y del sur como Texas, Arizona, Kentucky, etc. se inclinan por votar siempre al candidato republicano. Aunque nos pueda sorprender la amplia extensión de territorios que cubren estos últimos estados, teniendo en cuenta que en su mayor parte carecen de grandes densidades de población, esto deja a los republicanos en una situación de desventaja numérica a priori, puesto que, si sumamos los electores de los Blue States demócratas, obtenemos una cifra considerablemente más elevada que los de los Red States republicanos. Las razones que nos permiten explicar esta tendencia electoral presente desde hace más de 20 años son complejas y se encuentran relacionadas con numerosos factores que diferencian a los electorados de los distintos estados (demográficos, raciales, religiosos, riqueza, etc.)

Sin embargo teniendo en cuenta solo los bastiones de los dos partidos, ninguno de ellos llegaría a alcanzar la mayoría absoluta necesaria. Por lo tanto, para alzarse con la victoria, deben cortejar también a los pocos estados restantes: los llamados Swing States.  Son los únicos que van alternando su voto elección tras elección y pueden decantar la carrera presidencial. Entre ellos encontramos a estados como Ohio, Virginia, Nevada, Colorado, Florida, etc. De todos los Swing States, el más decisivo suelo ser este último ya que por su población se sortea la jugosa cifra de 29 compromisarios. Por este motivo, Florida ha sido el estado determinante en numerosas elecciones. En el 2000, por ejemplo, George Bush venció a su oponente Al Gore gracias a su victoria en Florida por un puñado de votos (aunque muchos pondrían en tela de juicio el resultado apuntando a un posible pucherazo).

En la carrera presidencial de este año, esta tendencia histórica se mantiene por lo que Hillary Clinton parte con una ligera ventaja numérica en compromisarios, con respecto a su adversario, aunque de nuevo, el resultado final lo decidirán los Swing States.

No obstante, otros factores históricos tienden por el contrario, a favorecer a Donald Trump. Por lo general, el partido que ha gobernado durante dos legislaturas seguidas, suele ser castigado en las urnas en los siguientes comicios. La última vez que un partido consiguió una tercera victoria consecutiva fue en las elecciones de 1988. Por otro lado, aunque en la historia de los Estados Unidos ha habido presidentes que se han presentado a la reelección en más de una ocasión (Roosevelt por ejemplo ganó cuatro elecciones seguidas), en la vigesimosegunda enmienda de la Constitución ratificada en 1951, se estableció que ningún candidato podría presidir el país durante más de dos legislaturas. Por este motivo, aunque probablemente obtendría la reelección en caso de presentarse, Obama se retira de la presidencia para siempre.

Al mismo tiempo, aunque la historia electoral nos sirva para comprender posibles tendencias en este ciclo electoral, lo cierto es que estas elecciones son, hasta cierto punto, imprevisibles. Esto se debe principalmente a la naturaleza de ambos candidatos.

Desde el punto de vista del Partido Demócrata, la excepcionalidad de las elecciones del 2016 se manifestó desde la misma campaña de las primarias. En esta contienda, la actual candidata a la presidencia Hillary Clinton, tuvo que medirse con un adversario atípico: el senador de Vermont Bernie Sanders. Sanders ha representado una auténtica revolución en el panorama político de los demócratas, puesto que por primera vez, un candidato que se definía a sí mismo abiertamente socialista, ha conseguido un apoyo masivo a lo largo del país, especialmente entre los votantes más jóvenes. El entusiasmo que despertó la candidatura de Sanders demuestra que se ha producido un cambio fundamental en la manera de entender la política en un país tradicionalmente ultraneoliberal. En el futuro podremos comprobar cuál es el alcance de dicho cambio. Frente a la movilización de Sanders, Hillary Clinton quiso presentarse a sí misma como el cambio progresivo (es decir, moderado), continuador del legado de Obama. En este sentido, la experimentada política representaba la alternativa preferible para el establishment y por otro lado, su candidatura traía una importantísima novedad histórica al panorama electoral norteamericano al convertirse en la primera mujer en aspirar a la presidencia del país. Hillary despierta sin embargo, pocas simpatías en el electorado de los Estados Unidos. Su imagen se ha visto salpicada por una serie de escándalos (incluido el oscuro proceso de selección que la encumbró como candidata a la presidencia), de forma que pocos confían en su palabra y tiene uno de los índices de popularidad más bajos de la historia. Por suerte para la antigua Secretaria de Estado, su oponente es aún más impopular que ella.

Probablemente sobren las presentaciones para un personaje tan polémico como Donald Trump. El magnate neoyorquino ha centrado la controversia en esta campaña electoral al presentarse como uno de los candidatos a la presidencia más peligrosos de la historia de los Estados Unidos. De estilo agresivo, xenófobo, racista, machista y homófobo, su campaña está incidiendo en la progresiva polarización del país. A través de su intolerante discurso, Trump traza una imagen apocalíptica del declive estadounidense para presentarse a sí mismo como el salvador de la nación a través de un gobierno basado en la ley y el orden. En resumen, Trump exhibe sin ningún pudor una concepción autoritaria que ha hecho estremecer hasta a algunos miembros de su propio partido. De hecho, podemos considerar que Donald es un republicano bastante atípico. Trump, por ejemplo, apunta a una política aislacionista y proteccionista que rompe con las tendencias generales de sus predecesores.

El slogan de Trump "Make America great again" (Haced a América grande de nuevo) demuestra el tipo de nacionalismo agresivo del que hace gala el republicano, similar al de otras fuerzas de ultraderecha europeas

La lista de los peligros de una hipotética presidencia del multimillonario no se acaban aquí. Trump es un negacionista convencido del cambio climático, presume de querer imponer un inmenso recorte de impuestos a las grandes fortunas de su país (impuestos que él mismo alardea de haber evadido durante años) y por supuesto, la mayor parte de sus propuestas violan todos los derechos humanos imaginables (recordemos por ejemplo, su plan de prohibir la entrada a Estados Unidos a los musulmanes o el de obligar al gobierno mexicano a pagar por la construcción de un gigantesco muro en la frontera). No cabe duda de que una presidencia de Donald Trump nos situaría ante un mundo todavía más peligroso que el que hoy conocemos.

Ante este panorama, muchos nos preguntamos por el sorprendente ascenso de esta figura política. Sin duda, el discurso de Donald Trump es absolutamente irracional y se apoya en la mentira sistemática. Sin embargo, no debemos olvidar que el poder de este tipo de discursos no se basa en su racionalidad. Tal y como sucedió durante la campaña del Brexit, los discursos emocionales dirigidos contra el establishment son capaces de imponerse a los argumentos racionales. La respuesta de amplios sectores de la población en épocas de incertidumbre suele ser la de refugiarse en promesas conservadoras y autoritarias que prometen el retorno a la estabilidad a cambio de sacrificar derechos fundamentales. El miedo permite la manipulación de la opinión pública, esto resulta evidente.

La confluencia de todos estos factores, impiden predecir con claridad el resultado final de las elecciones. Aunque es cierto que se mantienen algunas tendencias consolidadas, los cambios pueden ser inesperados e incluso, es posible que algún bastión cambie de color por primera vez en décadas (hay quienes sugieren que la campaña demócrata se está centrando en tradicionales Red States como Arizona o Georgia). Por lo tanto, tendremos que mantenernos al borde del precipicio, al menos hasta el 8 de noviembre.

Son sin duda, unas elecciones tristes. La impopularidad de Hillary lleva a amplios estratos de la sociedad a apoyar a Trump y viceversa. Por suerte para nosotros, la creciente complejidad demográfica de los Estados Unidos no beneficia al republicano. En estos momentos, Trump es apoyado mayoritariamente por los varones blancos estadounidenses, pero por el contrario, las encuestas demuestran que es incapaz de cortejar a una mayoría de mujeres, así como a las distintas minorías raciales. Su discurso de odio, le impide el acceso a amplios sectores de votantes y por este motivo, Clinton tiene una posibilidad de vencer. Todo dependerá de la participación de los votantes, de comprobar hasta qué punto la demócrata ha sido capaz de movilizar a los partidarios de la revolución de Sanders. Es un hecho que su desconexión con los votantes jóvenes es manifiesta, pero por suerte para ella, muchos la siguen considerando un "mal menor". Por lamentable que parezca, es la única esperanza que nos queda. Así que, solo podemos decir: Good luck Hillary Clinton.






domingo, 25 de septiembre de 2016

OPORTUNIDADES PERDIDAS DE NUESTRA HISTORIA II: ANÍBAL BARCA, LA PEOR PESADILLA DE ROMA

Uno de los acontecimientos más decisivos en nuestra historia fue sin duda el enfrentamiento entre las dos grandes potencias del Mediterráneo en la Antigüedad: Roma y Cartago. Las llamadas Guerras Púnicas abrieron el camino a la formidable expansión de Roma que acabó culminando en la creación de un imperio latino que creó la base cultural sobre la que se desarrollarían los futuros países europeos. 

En primer lugar, cabe destacar que la expansión romana no fue un proceso rápido ni uniforme, sino que su radio de acción se fue ampliando progresivamente a lo largo de siglos. No obstante, el momento clave en el que el proceso comenzó a acelerarse fue a partir de la derrota de su mayor rival: Cartago. 

Los cartagineses eran, a mediados del siglo III a.C., la mayor potencia naval del Mediterráneo Occidental. Su ciudad Cartago descendía de una antigua colonia fenicia llamada Tiro, que había sido fundada en las costas del Norte de África. Con el transcurso del tiempo, la ciudad de Cartago fue creciendo hasta convertirse en el centro de una poderosa civilización cuya influencia se extendía desde las costas norteafricanas hasta el sur de la Península Ibérica, así como a lo largo de numerosas islas del Mediterráneo (las Baleares, Sicilia, Córcega y Cerdeña). Cartago contaba con una posición geoestratégica inmejorable, una flota de guerra permanente y uno de los mayores puertos del mundo. 

Por su parte, Roma también había ido creciendo desde su fundación expandiéndose a lo largo de la Península Itálica a partir de numerosos enfrentamientos con sus enemigos locales. Su dominación de Italia culminó con la conquista de las ciudades-estado independientes de la Magna Grecia tras el fin de las Guerras Pírricas (280-275 a.C.). 

Situación en el Mediterráneo Occidental al comienzo de la Primera Guerra Púnica (264 a.C.)
Con el crecimiento de ambos, el conflicto de intereses y el enfrentamiento por el dominio del mar se hicieron inevitables. La ruptura de hostilidades se produjo en el 264 a.C. con el estallido de la Primera Guerra Púnica, cuya acción se centró especialmente en la ocupación de Sicilia. Aunque al inicio del conflicto, Cartago poseía una superioridad naval innegable, cuando terminó la guerra en el 241 a.C. Roma había conseguido alzarse con la victoria tras un extraordinario crecimiento de su flota marítima. La derrota cartaginesa supuso su desalojo definitivo de Sicilia y las islas contiguas que pasaron a manos romanas. 

Finalizada la guerra, Cartago entró en una profunda crisis económica, al ser incapaz de hacer frente a las indemnizaciones de guerra impuestas por los romanos y al pago de los mercenarios que había utilizado en la guerra. El descontento de estos últimos derivó en una insurrección a la que se unieron las guarniciones de Cerdeña. La llamada guerra de los Mercenarios constituyó un crudo enfrentamiento civil que fue aprovechado por Roma para arrebatarle a Cartago las islas de Córcega y Cerdeña aprovechando su debilidad interna. Aunque esto suponía una violación del tratado de paz recientemente alcanzado, de nada sirvieron las quejas púnicas a Roma que amenazó con declararles nuevamente la guerra si no le cedían inmediatamente el control de ambas islas. Finalmente, los ejércitos cartagineses liderados por Amílcar Barca consiguieron sofocar la insurrección de los mercenarios aunque las pérdidas económicas y humanas fueron enormes. 

Para superar las consecuencias de la crisis de los mercenarios y las pérdidas territoriales, Amílcar Barca proyectó entonces la expansión por los territorios de la Península Ibérica que se encontraban al margen de las prohibiciones impuestas por Roma en el tratado de paz. De esta forma, en el 237 el general cartaginés conquistaba el valle del Guadalquivir y la región minera de Sierra Morena, consiguiendo así, áreas ricas en recursos naturales. Tras el fallecimiento de Amílcar, su yerno Asdrúbal le sucedió al frente de las operaciones. Bajo su mandato, se consolidaron las nuevas posesiones cartaginesas a través del acercamiento a los reyezuelos indígenas y se sentaron las bases de la organización cartaginesa en la Península Ibérica con la fundación de un nuevo centro político administrativo: Qart Hadasht (que luego sería conocida como Carthago Nova y se corresponde con la actual ciudad de Cartagena). 

La recuperación cartaginesa produjo un enorme recelo en Roma. De esta forma, los romanos envían en el 226 a.C. una embajada que negocia con Asdrúbal un tratado en el que se fijan los límites a la expansión cartaginesa en la Península Ibérica. En virtud del acuerdo, Cartago solamente podría extenderse hasta el sur del río Ebro. 

Aníbal Barca 
Finalmente Asdrúbal fallece en el 221 a.C., pasando a asumir el mando del ejército el hijo de Amílcar, Aníbal Barca. Nada más subir al poder, el nuevo general inicia el asedio de la ciudad de Sagunto que se rinde tras 8 meses de resistencia. Aunque la ciudad se encontraba al sur del Ebro y, por lo tanto, en el área de expansión teóricamente cartaginesa, Sagunto era una ciudad aliada de Roma. Todo apunta a que Roma dejó caer a su aliada para poder contar con un pretexto que le permitiese declarar la guerra a Cartago. Fuera como fuese, la Segunda Guerra Púnica se inició en el 218 a.C. 

A diferencia de la situación vivida en la Primera Guerra Púnica, ahora el control del mar le correspondía de forma indiscutida a Roma, que planeaba un doble desembarco en África y en la Península Ibérica. Aníbal,  plenamente consciente de que la presencia de Roma en Iberia podría desembocar en el levantamiento de las tribus locales decide llevar la contienda a suelo italiano. Ante la imposibilidad de llegar hasta la Península Itálica por mar, Aníbal toma una decisión inaudita: llevar a cabo una invasión terrestre, atravesando los Alpes. Así pues, en el 218 a.C. el cartaginés parte con un gran ejército hacia el norte. 

Los romanos, que en ese momento se encuentran en una situación compleja ante el estallido de una rebelión de los galos en el Valle del Po, deciden intentar detener a Aníbal en su travesía. Escipión trata de detener a las tropas de Aníbal en la costa a la altura del Ródano, pero Aníbal consigue burlar las defensas romanas al adentrarse hacia el interior y atravesar el río lejos de su desembocadura. 

Es entonces cuando Aníbal llevó a cabo una de las mayores hazañas de la historia universal. Ante la sorpresa de sus enemigos, atravesó las cumbres de los Alpes con su ejército. El frío helador y las durísimas condiciones del trayecto hicieron perecer a miles de soldados y a la inmensa mayoría de elefantes que les acompañaban. Sin embargo, esta arriesgada maniobra le permitió adelantarse a los movimientos de sus enemigos y entrar repentinamente en territorio italiano. 


Aníbal cruzando los Alpes 

El romano Escipión se encamina entonces hacia el Valle del Po para hacerse cargo de la legión allí asentada y detener a Aníbal. El Senado romano toma la decisión de posponer los planes de invasión de África y envía a Sempronio al mando de dos legiones a modo de refuerzo. Sin esperar la legada de estos refuerzos, Escipión acude al encuentro con Aníbal y éste lo derrota en la batalla de Tesino. Los romanos se ven obligados a retirarse hacia el sur del Po y acampan en las orillas del Trebia, donde se les unen las tropas de Sempronio. No obstante, Aníbal vuelve a infligirles una severa derrota. El paso victorioso de los ejércitos de Aníbal consigue de esta forma, unir a su causa a los galos rebeldes que le ven como una opción viable para combatir el expansionismo romano. 

Aníbal prosigue entonces en su avance hacia Roma y, tras cruzar los Apeninos, vuelve a derrotar a los romanos en el lago Trasimeno. Esta última derrota de Roma condujo al nombramiento de Quinto Fabio Máximo como dictador con el propósito de aniquilar a los cartagineses. Escarmentado por las 3 derrotas anteriores, decide cambiar de estrategia optando por evitar el enfrentamiento en campo abierto con Aníbal (donde se considera que el formidable general resulta imbatible) pero manteniendo un acoso constante para obligar al cartaginés a permanecer en movimiento y agotarle mientras Roma recupera su vigor. El cambio de rumbo pareció dar resultado e incluso el cartaginés cometió un error que estuvo a punto de costarle la derrota. Mientras Aníbal estaba saqueando Campania, Fabio consiguió atraparle en un profundo valle. Para conseguir escapar de la trampa, Aníbal ideó una estratagema brillante: envió por la noche a un grupo de bueyes con antorchas atadas a sus cuernos de forma que, cuando los soldados que le cerraban el paso a Aníbal vieron el fuego, creyeron que se trataba del general púnico poniéndose en movimiento, por lo que abandonaron su posición para dirigirse hacia la trampa. Aprovechando que el paso había quedado libre gracias al engaño, Aníbal aprovechó para huir inmediatamente. 

Desesperados por los continuos triunfos de Aníbal, los romanos escogieron como nuevos cónsules a Emilio Paulo y Terencio Varrón, confiándoles un enorme ejército de más de 70.000 hombres con el que esperaban obtener una victoria definitiva. Aníbal logró entonces una nueva hazaña que quedaría registrada en los libros de historia: en una situación de gran inferioridad numérica, aplastó a los ejércitos romanos en la batalla de Cannas (216 a.C.) gracias al uso de una increíble maniobra envolvente. El genio militar cartaginés consiguió con esto infligir a Roma la mayor derrota de su historia. 
Esquema de la batalla de Cannas
Con la victoria al alcance de su mano, Aníbal tomó una decisión inesperada que ha suscitado un intenso debate en los historiadores: no conquistar la ciudad de Roma en su momento de máxima debilidad. A partir de este momento, los romanos deciden tras el desastre volver a la estrategia de evitar la confrontación directa y Aníbal busca una salida al mar hacia el sur para poder recibir refuerzos de Cartago (lo cual consigue en los puertos de Locri y Crotona). El tiempo transcurre mientras Aníbal sigue cosechando numerosas victorias en la zona meridional de la Península Itálica y los romanos se centran en la recuperación de la Campania. 

Publio Cornelio Escipión, hijo del general al que Aníbal había derrotado al comienzo de la guerra, se puso al mando de las legiones en Hispania en el 210 a.C. y gracias al apoyo de numerosas tribus indígenas, consiguió concluir la conquista de Carthago Nova. Posteriormente, avanzó sobre el valle del Guadalquivir, logrando de esta forma expulsar a los cartagineses de la Península Ibérica. 

Mientras tanto, el dominio de Aníbal en territorio italiano se iba reduciendo al extremo meridional de la península. Aunque permanecía invicto y capaz de vencer en cualquier batalla, su presencia ya no suponía una grave amenaza para Roma que había sido capaz de acorralarle y recuperarse de sus anteriores pérdidas. En el 204 a.C., Escipión hijo desembarcaba en África al mando de un poderoso ejército amenazando a la propia ciudad de Cartago. Ante esta situación, el Gobierno cartaginés reclamó el auxilio de Aníbal. Sin embargo, aunque Aníbal consiguió llegar a las costas africanas, Escipión derrotó definitivamente a sus ejércitos en la batalla de Zama. 

Aníbal, el general invicto que no había perdido una sola batalla en suelo italiano, fue derrotado finalmente en la guerra. No obstante, esto no debe ensombrecer los impresionantes logros de este personaje. Admirado por todos sus coetáneos (incluidos sus enemigos) y por los historiadores de generaciones posteriores, Aníbal consiguió hacerse un hueco entre los grandes personajes de la historia universal. 

El final de la Segunda Guerra Púnica supuso en la práctica el fin de la amenaza sobre Roma. Se produjo la consolidación definitiva de la hegemonía romana en el Mediterráneo mientras que Cartago quedó reducida a una potencia menor en el norte de África que acabaría siendo arrasada y conquistada por Roma en el 147 a.C. Con la desaparición de Cartago, Roma tuvo el camino abierto para crear un imperio mediterráneo de magnitudes nunca vistas con anterioridad. Y esto, no lo olvidemos, fue uno de los procesos que más determinaron nuestra historia y cultura. 


Mapa con las consecuencias territoriales de las Guerras Púnicas 


martes, 23 de agosto de 2016

RETRATOS DE UN TIEMPO TURBULENTO I: LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL Y EL FINAL DE LA BELLE ÉPOQUE

Hoy vengo a hablaros de una historia de colapso. No existen otros adjetivos que puedan describir de manera más precisa la situación que vivió Europa tras 1914. En ese fatídico año dio comienzo la Gran Guerra y con ella, se puso en marcha el turbulento siglo XX cuyas consecuencias son perfectamente observables a día de hoy. 

Lo cierto es que desde un punto de vista cronológico, el siglo XX comenzó sin especiales alteraciones en la vida de los europeos. El año 1900 no trajo consigo grandes sobresaltos, sino que auguraba un brillante porvenir a las naciones occidentales. Se trataba de una época caracterizada por el optimismo en todos los campos. Los países europeos se hallaban en la cima de lo que ellos consideraban la "civilización" y pretendían exportar ese modelo al resto de sus colonias. A través de sus enormes imperios coloniales, sus relaciones comerciales y su influencia en todo el orbe terráqueo eran indudables. Mientras que Francia extendía sus dominios por todo el África Occidental e Indochina, el Imperio Británico poseía vastos territorios en prácticamente todos los continentes del planeta. Otras potencias, que habían llegado tarde al reparto colonial, pugnaban por alzar su voz. No obstante, es cierto que no todos los países europeos compartían un desarrollo homogéneo. Mientras que Francia vivía una situación de relativo estancamiento en cuanto a su desarrollo, Alemania constituía el país emergente por excelencia, gracias a un rapidísimo crecimiento industrial que ponía en peligro la vieja hegemonía británica. Por otro lado, el predominio del mundo anglosajón sobre las antiguas potencias latinas resultaba indiscutible. Países como España y Portugal ni siquiera compartían la suerte de sus vecinos franceses y veían derrumbarse las migajas de sus imperios. Los Estados Unidos mientras tanto, aún permanecían relativamente aislados y encerrados en sí mismos a pesar de su enorme potencial. 

La invención del cinematógrafo por parte de los hermanos Lumière
en 1895 constituyó uno de los mayores hitos en el progreso técnico en la época 
Pero al margen de estas divergencias, esos años constituyeron una época de prosperidad generalizada.  El crecimiento económico capitalista parecía asegurado a medida que las distintas economías nacionales se iban insertando en un mercado mundial y los avances tecnológicos auguraban el triunfo de la modernidad. El dinamismo demográfico de la creciente población europea daba lugar a la consolidación de enormes urbes como Londres o París. En el campo científico, el positivismo imponía su fe ciega en el progreso constante de la civilización. 

A esta época de seguridades y esperanzas se la conoce como Belle Époque. Mis lectores debéis disculparme pues en cierta forma, este relato, al igual que cualquier otro intento de síntesis en historia, simplifica la realidad de aquellos años. Al mismo tiempo que reconocemos el clima de optimismo de aquella época, no podemos obviar el aumento de las desigualdades sociales entre una creciente masa proletaria y una pujante burguesía industrial, todo ello inscrito en el marco de unos Estados prekeynesianos que carecían de verdaderas políticas sociales. Además, el triunfo de los países occidentales se había apoyado en un imperialismo que había destruido los primitivos tejidos industriales de los territorios colonizados, por lo que el porvenir de Occidente se cimentaba en la explotación de otros pueblos (algo que denunciaría Lenin años más tarde en su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo). Por otro lado, aunque el liberalismo parecía consolidar un régimen de libertades individuales, movimientos como el sufragista nos deben recordar que enormes sectores de la población permanecían excluidos de la participación política. Pero a pesar de todo ello, podemos concluir que efectivamente la Belle Époque fue una época optimista para Europa. 

Resulta evidente por tanto, que muy pocos en Europa podían prever las catástrofes que se cernían sobre su cercano futuro. No obstante, las sombras ya estaban ahí, y en realidad la guerra de 1914 no puede explicarse exclusivamente por el tradicional casus belli que todos hemos estudiado en el instituto (el asesinato al heredero al trono de Austria-Hungría) sino que el conflicto se fue cociendo a fuego lento. La humillación experimentada por Francia en la guerra francoprusiana de 1871, las crecientes rivalidades coloniales que motivaron graves incidentes entre las distintas potencias, los conflictos relacionados con las distintas minorías étnicas que formaban parte del Imperio austrohúngaro, el recelo de los británicos ante el espectacular avance alemán, la consolidación de Japón como actor internacional capaz de rivalizar con Rusia en el Extremo Oriente... demasiadas eran las señales que auguraban el comienzo de una época conflictiva y resultaba tan solo una mera cuestión de tiempo para que la guerra internacional se hiciera realidad. De hecho, al mismo tiempo que Europa vivía esta ilusoria seguridad, los Estados se encontraban enfrascados en una carrera armamentística sin precedentes. Es por ello que los historiadores se refieren también a este período histórico como el de la Paz Armada.



El aumento de los gastos militares en las distintas potencias marca la
carrera armamentística

Aún reconociendo estos antecedentes, no por ello la Gran Guerra dejó de ser menos sorprendente. Cuando en el verano de 1914 los hombres se dirigían al frente, las expresiones de júbilo marcaban las despedidas. Marchaban convencidos de la inminente victoria en el campo de batalla, creyendo que la guerra se resolvería rápidamente a su favor. Ni siquiera las familias que despedían a los combatientes percibían con claridad el peligro. Sin embargo, al poco tiempo la confianza se vería rápidamente desplazada por la desolación, mientras que la creencia en la victoria se desvanecería en el horror de las trincheras. 

Cuatro años después de ese prometedor verano de 1914, la guerra había destruido para siempre el sueño europeo. Al analizar las consecuencias de la Gran Guerra, la destrucción material o humana no nos permiten comprender la magnitud del conflicto. Efectivamente, la Primera Guerra Mundial se cobró aproximadamente unos 10 millones de víctimas, superando con creces cualquier conflicto anterior. Sin embargo, al lado de los 60 millones de muertos de la Segunda, esta cifra puede parecer poco significativa. Esto no nos permitiría por tanto comprender los motivos por los cuales la Primera Guerra Mundial fue en algunos aspectos mucho más determinante para la historia universal que su sucesora. 

La Primera Guerra Mundial supuso ante todo el colapso absoluto de la "civilización" occidental. Al fin y al cabo, la máxima desolación de una guerra total y de la utilización de las primeras armas de destrucción masiva, había tenido lugar precisamente en el seno de los países más avanzados. Esto daba lugar a una dolorosa conclusión: la razón ilustrada, el motor del progreso de la civilización occidental, solamente podía engendrar una barbarie sin límites. La ciencia y la técnica, cuyos beneficios habían parecido incuestionables en épocas anteriores, ahora abrían el camino al exterminio planificado de millones de personas. En este contexto, el positivismo ya no podía dar respuesta a un mundo en crisis donde las antiguas certezas perdían toda su validez. Fue así como nacieron  movimientos culturales como el dadaísmo con una vocación abiertamente rupturista, oponiéndose a la vieja civilización ilustrada y sus caducos valores. 

Los dadaístas jugaban a la provocación oponiéndose a las convenciones del arte burgués. Marcel Duchamp, a través de su readymade más famoso (Fuente, 1917) planteaba una revolución en el mundo artístico al demostrar que los objetos más ordinarios podían llegar a constituir obras de arte si se situaban en el contexto adecuado. 

Como resultado de todo lo anterior, la conmoción que produjo esta catástrofe marcó para siempre a las futuras generaciones europeas, que fueron conscientes de su inevitable declive. Europa abandonaba para siempre su sueño de supremacía, el eurocentrismo entró en crisis y las viejas potencias e imperios firmaron su sentencia de muerte. Bien es verdad que los británicos y franceses, vencedores en la guerra, mantuvieron con algunas dificultades sus enormes imperios coloniales, pero su papel en el panorama mundial nunca volvería a ser tan determinante como en el pasado. A partir de este momento, le correspondería a Estados Unidos el rol de nueva potencia hegemónica, aunque su influencia directa en los asuntos europeos se retrasaría aún unas décadas ante la renovada política de aislamiento que adoptaron los presidentes del país. 

El liberalismo decimonónico también se vino abajo en cierto sentido. Es cierto que las mujeres adquirieron el derecho al voto en algunos lugares como consecuencia de su incorporación al mercado laboral durante la guerra (por ejemplo, en 1918 en el Reino Unido se concedía por primera vez el voto a propietarias, esposas de propietarios y universitarias con más de 30 años). Sin embargo, la Europa que nació de la Gran Guerra se caracterizó por el progresivo triunfo del fascismo y el derrumbamiento de precarios regímenes democráticos acompañados de una pésima coyuntura económica que ni el espejismo de los Felices Años Veinte consiguió ahuyentar. Junto a la crisis económica, los regímenes capitalistas se enfrentaron a la aparición de un nuevo actor que cambiaría definitivamente las Relaciones Internacionales: la Unión Soviética. Por primera vez en la historia, las teorías de Marx encontraban una aplicación práctica en un país, planteando un sistema alternativo al liberalismo económico clásico. De esta forma, el enfrentamiento entre los dos modelos económicos irreconciliables, había comenzado. 

1914 no fue por tanto, un año cualquiera. Esa fecha nos recuerda la desaparición de todo un sistema de valores que jamás volvería a recuperarse. En su lugar, una nueva época daba comienzo. Se trataba ahora de un tiempo de inseguridades, de crisis e incertidumbre, de pesimismo y efervescencia cultural. Siguiendo la explicación del célebre historiador Eric Hobsbawm, el siglo XIX "largo" (1789-1914) había finalizado abruptamente para dar paso al nuevo siglo XX "corto" (1914-1989). El paradigma había cambiado para siempre. 


jueves, 28 de julio de 2016

DOÑA URRACA, LA PRIMERA REINA PROPIETARIA DE NUESTRA HISTORIA


De mujeres va la cosa. Si en la anterior entrada nos centrábamos en la enigmática reina egipcia Cleopatra, ahora nos trasladamos hasta la Edad Media de los reinos cristianos peninsulares para analizar una figura más desconocida, pero no por ello, menos interesante. Se trata de Doña Urraca, una mujer firme y decidida que reinó en una época de hombres convirtiéndose en la primera reina "propietaria" de nuestra historia. 

Para conocer a nuestro personaje nos debemos situar en el reino de León a mediados del siglo XI. La Alta Edad Media en la Península Ibérica se había caracterizado desde comienzos del siglo VIII por una clara hegemonía de los musulmanes. A pesar de que los pequeños reinos cristianos del norte habían protagonizado durante los siglos IX y X una considerable expansión territorial, los musulmanes seguían teniendo una estructura militar y política superior. De hecho, tras la proclamación del Califato de Córdoba en el 929 por Abderramán III, Al-Ándalus vivió un período de auténtico esplendor. A pesar de ello, un siglo después el califato entraba en un rápido proceso de disolución que llevaría a la constitución de los reinos de taifas. De esta forma, la antigua unidad política se vio sustituida por un mosaico de reinos independientes y enfrentados entre sí.


Fue entonces cuando los reyes cristianos aprovecharon esta división para expandir sus reinos hacia el sur. Especialmente significativa resultó la figura de Alfonso VI, rey de León y de Castilla durante la segunda mitad del siglo XI que consiguió una victoria trascendental al conquistar la ciudad de Toledo en el 1085. La toma de Toledo suponía en primer lugar, una victoria estratégica ya que consolidaba el avance cristiano en el Tajo, llegando a amenazar los principales enclaves musulmanes en el valle del Guadalquivir. Por otro lado, la ciudad tenía un extraordinario valor simbólico y moral al haber sido la antigua capital del reino visigodo que los reyes cristianos aspiraban a reconstituir.

En Al-Ándalus, la noticia también tuvo relevantes consecuencias. Alarmados ante el gran avance de las tropas del Reino de León, los reyes taifas de Badajoz y Sevilla decidieron pedir ayuda a los almorávides, un imperio musulmán que se estaba formando en el norte de África. Finalmente, la llegada de los almorávides a la península no se traduciría en una mera ayuda militar, sino que desembocaría en una conquista de la Hispania musulmana quedando ésta completamente incorporada a su imperio. La llegada de esta nueva fuerza a la Península Ibérica amenazaría seriamente al rey Alfonso VI. Tan solo un año después de la toma de Toledo, los cristianos sufrieron una grave derrota en la Batalla de Sagrajas que les obligó a replegarse para defender Toledo. El rey leonés sufriría a partir de entonces serios reveses militares.

Doña Urraca era nada más y nada menos que la primogénita de Alfonso VI. Nacida en el 1081, no llegaba ni siquiera a los cuatro años cuando su padre realizó la gran gesta toledana. Aunque ella era en un principio la heredera del rey, todos aguardaban el nacimiento de un varón que solucionase la cuestión de la sucesión real. Finalmente, en el año 1093 nacía el infante Sancho, quedando así Urraca excluida de la línea sucesoria.

Con aproximadamente doce años, la infanta fue dada en matrimonio a Raimundo de Borgoña y su padre les cedió Galicia como tenencia, adonde se desplazaron en 1094. Allí, Urraca tuvo la oportunidad de adquirir experiencia en las tareas de gobierno aunque únicamente como condesa consorte. En estos años, la infanta además dio a luz a dos hijos: Sancha y Alfonso. Sin embargo, su matrimonio fue breve ya que su esposo falleció en 1107 víctima de la disentería. Los desastres se siguieron sucediendo para la familia real, ya que un año más tarde, perecía el heredero al trono en la batalla de Uclés contra los almorávides. De esta manera, muerto el único hijo varón del anciano Alfonso VI, todas las miradas se volvieron sobre Urraca, convertida ahora en la legítima heredera al trono.

Alfonso VI fue consciente de que la situación era sumamente delicada. Con los almorávides presionando desde el sur y una situación de inestabilidad interna derivada de la lucha por el poder entre los distintos linajes de la nobleza leonesa-castellana, Urraca heredaría un reino cuya integridad territorial se encontraba amenazada por numerosos frentes. En este contexto tan complicado, se decidió casar a la heredera con el poderoso rey navarro-aragonés Alfonso I (también conocido como Alfonso el Batallador). De esta forma, Urraca tendría a su lado a un monarca prestigioso en el campo de batalla que podría dirigir las campañas contra los almorávides y al mismo tiempo, se lograba alejar a la nobleza de la corona. Por otro lado, resultaba conveniente cultivar las relaciones con el rey vecino dado que su hostilidad podría suponer un peligro potencial para la estabilidad del reino.

En 1109 fallece Alfonso VI, heredando el reino su hija Urraca. Por primera vez en la historia del reino de León-Castilla, una mujer accedía al trono como reina efectiva y no meramente como la consorte de un varón. Al poco tiempo de morir su padre, Urraca I contrae matrimonio tal y como se había concertado con Alfonso I. Esta maniobra política vino además acompañada del llamado Pacto de Unión, un acuerdo que estableció la cosoberanía de ambos cónyuges en sus respectivos reinos. Por otro lado, se declaraba además que en caso de que tuvieran un hijo, éste heredaría los reinos de León-Castilla, Aragón y Navarra. Esta disposición creaba un conflicto importante al excluir del trono al  hijo que había tenido Urraca con su anterior marido. En cualquier caso, algunos historiadores han querido ver en este gesto un precedente de la futura Unión de Reinos que practicarían los Reyes Católicos, aunque la mayor parte de la historiografía actual descarta que el matrimonio se celebrase expresamente con ese fin. No obstante, de haberse cumplido esa cláusula, la unidad política se hubiera visto facilitada sin duda alguna.

Tal y como fue planteada, esta boda resultó conflictiva desde el primer momento. En primer lugar, el papa Pascual II amenazó con la disolución del enlace por la consanguinidad de ambos cónyuges (eran biznietos de Sancho III de Navarra). En realidad, la oposición de la Iglesia se debía más a un motivo político que religioso, ya que tanto el clero cluniacense francés como el alto clero leonés-castellano, se habían visto favorecidos durante el primer matrimonio de Urraca y defendían en consecuencia los derechos sucesorios del hijo nacido de dicha unión. Los derechos del pequeño Alfonso Raimúndez también eran defendidos por otra facción de nobles con centro en Galicia. A esto se sumaba la enemistad de algunos nobles leoneses y castellanos que veían con recelo la intrusión de los aragoneses en el reino (a los que Alfonso I otorgaba generosas concesiones).

El primero de los movimientos rebeldes en contra de la nueva unión fue iniciado por el conde de Traba en Galicia cuando éste reclamó los derechos dinásticos de Alfonso Raimúndez. Para pacificar la situación, el propio Alfonso el Batallador tuvo que acudir con sus tropas para derrotar a los rebeldes.

Teresa de Portugal
A todas estas dificultades internas pronto se le uniría la rivalidad que surgiría entre Urraca y su hermana Teresa, condesa de Portugal. Tanto ella como su marido Enrique de Borgoña trataban de adquirir mayor autonomía aspirando a desgajar el condado del reino de León y crear así un reino independiente en los territorios lusos. Aunque la relación entre Urraca y su hermana experimentaría altibajos constantes a lo largo de los años, la reina nunca podría encontrar en Teresa a una fiel aliada.

Por si fuera poco, las desavenencias entre Urraca y su marido comenzaron de inmediato. Movidos por una antipatía mutua, los cónyuges se enfrascaron en un amargo enfrentamiento. Urraca soportó de su esposo terribles humillaciones y agresiones mientras trataba de mantener la autoridad en su reino. De esta forma, las disputas entre ambos fueron escalando hasta desembocar en una auténtica guerra civil. Las crónicas narran que en una ocasión Urraca liberó en Huesca a unos nobles árabes  que su marido retenía como rehenes sin su consentimiento. Alfonso I, al enterarse de la maniobra de la reina, la encerró en la torre del castillo de el Castelar donde la sometió a tratos vejatorios durante días. Gracias a la ayuda de sus leales, Urraca consiguió escapar de su prisión y se trasladó a Burgos, aunque se vio obligada a dejar a su hija Sancha atrás como rehén. Acto seguido, Alfonso el Batallador penetró con sus tropas en el reino de León-Castilla y, tras sellar una alianza con Enrique de Borgoña, consiguió derrotar a las tropas fieles a su esposa en la batalla de Candespina. La reina trató de compensar este revés acercándose a los condes portugueses pero pronto se hizo evidente que, lejos de prestar una ayuda desinteresada, éstos deseaban expandirse hacia los territorios situados en la zona occidental del reino de León. En una situación desesperada, Urraca buscó una reconciliación momentánea con Alfonso I.

Amenazada por la constante presión almorávide, el programa de dominio de su marido y los intentos de reparto territorial de su hermana, Urraca trataba de defender a toda costa la integridad de sus territorios. Para ello, no dudaba en apoyarse en un baile frenético de alianzas con las que trató de conjurar los distintos peligros que acechaban a su reino. Mientras tanto, en Galicia prosperaba el núcleo de nobles y clérigos agrupados en torno a la figura de su hijo Alfonso Raimúndez, al que aspiraban a proclamar rey obviando los dictámenes del Pacto de Unión. Finalmente, el desafortunado matrimonio fue definitivamente disuelto en 1114. Fracasado el pacto dinástico, Alfonso el Batallador se concentró en poner en marcha un proyecto militar que le encumbrase como el verdadero dueño de los reinos peninsulares. Para ello, solamente debía labrarse la imagen de campeón cruzado contra el Islam. Por su parte, doña Urraca debía competir por no ser excluida de su propio reino y mantener el control de sus territorios.

En el complicado tablero gallego, el obispo de Santiago de Compostela, Gelmírez y el conde de Traba proseguían con sus intentos de consolidar la autonomía gallega bajo Alfonso Raimúndez. Urraca intentó mantener un pulso con el obispo compostelano, cuya hegemonía y dominio sobre su hijo resultaba un grave obstáculo para el gobierno. Teresa, máxima autoridad de Portugal desde la muerte de su marido Enrique en 1112, aprovechó la ocasión para apoyar a Gelmírez en contra de su hermana. Urraca por su parte, logró aprovechar una insurrección en la ciudad de Santiago que obligó al obispo a alcanzar un pacto. A pesar de ello, la revuelta de Santiago no se extinguió sino que aumentó en violencia, llegando el pueblo a vejar y agredir a la propia reina cuando ésta trataba de exhortarles a retornar a la obediencia a Gelmírez. Tras escapar de la tremenda paliza, Urraca conseguiría restaurar el orden gracias a la acción de sus tropas.

Tras esta crisis, el reinado de Urraca entraría en una nueva fase. Su política se castellanizaría y además en estos últimos años reina e hijo gobernarían conjuntamente. A pesar de ello, ella nunca renunció a su papel activo como reina titular.

Urraca I de León y de Castilla
Aunque el problema gallego se enquistó de manera permanente y la presión de los almorávides no cesaba en ningún momento, la reina consiguió en sus últimos años dos victorias de enorme importancia para el futuro de su reino: neutralizó las aspiraciones de su hermana Teresa, asegurándose el control de los territorios limítrofes con el condado de Portugal, y detuvo las ambiciones expansionistas de su ex-marido Alfonso el Batallador, al conseguir una victoria decisiva en Sigüenza en 1124. Urraca falleció apenas dos años más tarde, pasando así definitivamente el testigo a su hijo Alfonso VII.

Maltratada por su marido, por su pueblo y por la misógina historiografía que ha imperado hasta nuestros días, Urraca no ha recibido el trato que merece. Mujer de carácter indómito y de naturaleza valiente, ella fue la primera reina titular en la historia medieval europea, adelantándose incluso a otras figuras de enorme popularidad como Leonor de Aquitania (madre de Ricardo Corazón de León). Su vida fue la de una mujer que quiso reinar en una sociedad dirigida por hombres, que trató de alzar su voz aún cuando las circunstancias no le eran favorables. Descansa Urraca, tu historia nunca será olvidada.





domingo, 10 de julio de 2016

CLEOPATRA, MÁS ALLÁ DEL MITO

Me ilusiona poder compartir con vosotros la apasionante historia de una figura que me ha acompañado bastante tiempo en mis lecturas: Cleopatra. Sobran las presentaciones en el caso de un personaje tan afamado que ha sido retratado hasta la saciedad en el cine. Mujer enigmática, para muchos la pura representación de la sensualidad y la erótica del poder. A pesar de ello y como veremos, la visión que se nos ha transmitido de ella en la cultura popular no siempre ha sido la más rigurosa. Es nuestro trabajo pues, tratar de desentrañar el verdadero personaje de Cleopatra a través de su biografía. 

Cleopatra VII - pues aunque no le solamos añadir el ordinal detrás, en realidad era la séptima de su familia -  pertenecía al linaje de los Ptolomeos que gobernaban Egipto desde la muerte de Alejandro Magno. El conquistador macedonio había llegado en sus espectaculares campañas hasta Egipto, donde había fundado la ciudad de Alejandría. A la muerte de Alejandro, su enorme imperio fue dividido entre sus generales (los diádocos) de manera que Ptolomeo se convirtió en el nuevo soberano de Egipto.

Reparto del imperio de Alejandro Magno
Así dio comienzo la dinastía ptolemaica que gobernó Egipto desde el 323 a.C. hasta el 20 a.C. fecha de la muerte de nuestra protagonista. Durante este período, Egipto se consolidó como un reino próspero y su nueva capital, Alejandría, se convirtió en una de las principales urbes del mundo. Con una actividad comercial frenética, un imponente faro que se contaba entre una de las grandes maravillas del Mundo Antiguo y una espléndida biblioteca que constituía el principal centro del saber de la época, la luz de Alejandría brillaba por todo el Mediterráneo.

Las generaciones de la dinastía se fueron sucediendo y mientras Egipto continuaba su propio camino, la emergencia de un nuevo poder transformó radicalmente la situación de todos los Estados del Mediterráneo. Los romanos, tras vencer a los cartagineses en la guerras púnicas (264-146 a.C.), comenzaron un proceso de expansión que les encumbró como la principal potencia del momento. Desde la Península Itálica, Roma se extendió a este y oeste conquistando la Península Ibérica, la Galia, Grecia, el norte de África, Anatolia (actual Turquía) y el corredor siriopalestino. De esta forma, cuando Cleopatra accediese al trono de Egipto, su reino sería uno de los últimos reductos independientes de la cuenca mediterránea.

Si bien el poder de Roma constituía una clara amenaza para el Egipto independiente, no es menos cierto que algunos de sus gobernantes llevaron a cabo políticas nefastas que contribuyeron a empeorar la situación. El padre de Cleopatra, Ptolomeo XII, también conocido como Auletes (en referencia al aulós, la flauta que solía tocar en público), era un rey entregado a las fiestas, los banquetes y la bebida. Atemorizado por la creciente oposición que había hacia su persona y la delicada relación que mantenía con los romanos (a los que su predecesor había cedido la tutela de Egipto en su testamento), Ptolomeo XII recurría a constantes sobornos para ganarse apoyos y mantenerse en el poder a toda costa. Para poder pagar a sus aliados, el rey contraía deudas con prestamistas romanos y aumentaba la presión fiscal sobre los campesinos del reino, medida que en épocas de malas cosechas incrementaba el malestar de la población. Junto a la indignación de su pueblo, Ptolomeo XII se veía acosado por las intrigas familiares e incluso en el 58 a.C. se vio forzado a abandonar Egipto y huir a Roma por una rebelión encabezada por su hija Berenice IV. No obstante Auletes, con la ayuda de sus amigos romanos, consiguió volver y ordenó la ejecución de su hija rebelde.

Cleopatra se crió en este ambiente de crispación popular y tensiones en el seno de su familia. A pesar de ello, su formación fue muy completa. La princesa fue instruida en diversas disciplinas como la medicina, la astronomía, la literatura o las matemáticas. Además, era capaz de hablar un gran número de idiomas, incluido el egipcio, lo cual la convertía en el único miembro de toda la dinastía ptolemaica en hablar la lengua de su pueblo (no olvidemos que los Ptolomeos eran griegos y recibían una formación acorde con ello). Y es que si por algo brilló Cleopatra, fue por su inteligencia y erudición.

Cuando Ptolomeo XII murió en el 51 a.C. accedieron al trono de Egipto una jovencísima Cleopatra y su hermano Ptolomeo XIII que apenas era un niño. En los primeros momentos de su reinado, Cleopatra trató de impulsar medidas para paliar la dura crisis que atravesaba su reino. El pueblo de Alejandría sufría escasez, una alta inflación y elevados impuestos. Aunque su hermano, al ser varón, debería haber asumido el rol dominante de la pareja real de acuerdo a la costumbre de la época, su minoría de edad le obligaba a delegar sus funciones en un consejo regente. En esta situación, fue Cleopatra quien controló activamente el gobierno arrinconando al pequeño Ptolomeo que tampoco mostraba especiales dotes para la tarea. Sin embargo, pronto surgieron desavenencias en la pareja real avivadas por las conspiraciones contra Cleopatra dirigidas por su hermana menor Arsínoe (que aspiraba al trono) y los consejeros de su manipulable hermano. Así pues, Cleopatra y su séquito se vieron obligados a huir de Alejandría en dirección hacia la actual Siria.

Estando en el exilio, Cleopatra logró reclutar en solitario un ejército de mercenarios con la intención de reconquistar su reino. Sin embargo, a su regreso a Egipto, las tropas fieles a su hermano consiguieron frenar su avance en Pelusio, ciudad costera situada al nordeste del Delta del Nilo. Mientras las tropas de ambos hermanos se enfrentaban en un conflicto civil, en Roma la lucha por el liderazgo le correspondía a Julio César y Pompeyo. Este último, habiendo sido derrotado por su rival en la batalla de Farsalia, se vio obligado a huir y buscó refugio en Egipto creyendo que sería bien recibido por la amistad que había mantenido años atrás con el difunto rey Ptolomeo XII. Cuando Pompeyo alcanzó las costas de Egipto sin embargo, no se encontró con la cálida bienvenida que él esperaba. Por el contrario, fue asesinado por los egipcios ya que temían que ayudarle a él supusiese un enfrentamiento con César.

Poco después, Julio César llegó también a Egipto. Allí, las narraciones cuentan que se le mostró la cabeza de Pompeyo y esto le causó una auténtica conmoción. Al fin y al cabo, aunque habían sido rivales en el pasado, César no concebía una muerte así para Pompeyo. Una vez asentado en territorio egipcio, el romano decidió mediar en el conflicto entre Cleopatra y Ptolomeo. Para Roma, Egipto constituía un reino aliado y un territorio próspero que le podría proporcionar importantes recursos. Para poder fortalecer esta relación, resultaba imprescindible asegurar un gobierno estable.

De esta forma, César se presentó en Alejandría como árbitro y citó a los dos hermanos en la capital. El rey niño, que controlaba la ciudad y sus guarniciones, recibió a César de inmediato. Por el contrario Cleopatra, incapaz de traspasar la barrera que formaban las tropas de su hermano en Pelusio, se vio obligada a viajar de incógnito en una pequeña embarcación bordeando la costa. Finalmente consiguió llegar al palacio donde se alojaba César en Alejandría. Según el relato de Plutarco, la joven reina llegó envuelta en una alfombra que fue trasladada hasta los aposentos de César. Una vez allí, el criado que la trasladaba la desenrolló y de su interior emergió la bella Cleopatra que embelesó al romano. Historias románticas aparte, los historiadores dudan seriamente de la veracidad de este relato y más teniendo en cuenta que proviene de la pluma de Plutarco, autor romano enemigo acérrimo de Cleopatra que trató de retratarla en sus escritos como una reina frívola y seductora.

Sea o no cierto el relato de la alfombra, Cleopatra consiguió finalmente entrevistarse con César y atraerlo a su causa. Cuando Ptolomeo XIII averiguó lo sucedido, estalló en un arrebato de ira. Apelando al testamento de Auletes que establecía el gobierno conjunto de ambos hermanos, César confiaba en poder evitar una guerra civil a través de justas recompensas para todos los miembros de la familia real. Pero a pesar de sus esfuerzos, el enfrentamiento se hizo inevitable. Acorralados en el distrito de Palacio, César y Cleopatra, con el apoyo de escasas guarniciones, tuvieron que hacer frente a las tropas fieles a Ptolomeo en una dura guerra en la que estuvieran a punto de sucumbir. Tras meses de encarnizados enfrentamientos, la llegada de refuerzos y la estrategia de César, permitieron que la balanza se inclinara a su favor. Ptolomeo XIII murió ahogado en el Nilo al intentar huir. Una vez asegurada la victoria, Cleopatra fue repuesta en el trono junto a su hermano menor Ptolomeo XIV. La reina consiguió ver reafirmada su posición y asumió la dirección efectiva del gobierno.

César y Cleopatra entablaron entonces una alianza decisiva para el futuro de ambos. Mientras que ella necesitaba la amistad de Roma para asegurarse la protección y la independencia de su reino, él se encontraba interesado en las riquezas del país amigo. Dejando de lado las consideraciones sentimentales del romance, lo cierto es que la reina egipcia había conseguido fortalecer su posición a través de una maniobra diplomática brillante. Al final, la relación entre César y Cleopatra se aproximó más a un tratado amistoso que a una aventura pasional.

En algún momento entre el 47 y el 44 a.C. Cleopatra dio a luz a un hijo al que puso el nombre de Ptolomeo César aunque el pueblo de Alejandría pronto le conoció como "Cesarión" ya que se rumoreaba que su padre era César. Aunque las fuentes no se ponen de acuerdo en cuanto a la cuestión de la paternidad del niño, Cleopatra no hizo ningún esfuerzo en acallar estos rumores que le beneficiaban. En este período, la reina se trasladó probablemente hasta en dos ocasiones a Roma junto a su amante. La película protagonizada por Elizabeth Taylor nos muestra su entrada en la ciudad como un desfile triunfal, aunque tal recibimiento es altamente improbable, dada la desconfianza que sentían los romanos hacia Cleopatra. Aprovechando la impopularidad de la reina extranjera, los enemigos de César trataron de desprestigiarle en todo momento. Él sin embargo, no dejó de rendir homenaje a su amante, en honor de la cual erigió una estatua.

La suerte de la reina dio un giro radical cuando su valedor fue asesinado en el 44 a.C. Muerto César, Cleopatra se encontraba desprotegida en Roma por lo que regresó inmediatamente a Alejandría. Al poco tiempo de su llegada a la capital, su hermano Ptolomeo XIV, con quien compartía el trono, murió en extrañas circunstancias. Esto ha dado pie a ciertas sospechas sobre el papel que tuvo la reina en la muerte de su hermano. Algunos autores como Josefo, afirman que ella le envenenó temiendo que éste quisiera reclamar más poder. No obstante, no existen pruebas que avalen esta hipótesis e historiadores como Joyce Tyldesley no consideran extraño que el joven Ptolomeo XIV falleciese a los quince años teniendo en cuenta que la esperanza de vida para los varones en la época era de tan solo treinta y tres años.

Cleopatra y Cesarión representados
en el templo de Hathor en Dendera
Lo cierto es que la muerte de su hermano le allanó el camino. Con Cesarión a su lado, Cleopatra encontró el pretexto perfecto para evitar la incómoda obligación de buscar a un nuevo co-regente masculino con el que contraer matrimonio dado que la tradición ptolemaica le permitía regentar el país en nombre de su hijo. Ptolomeo XV jugó además un papel clave en la propaganda de su madre. Así, Cleopatra pasó a ser representada como una madre semidivina, identificada con la diosa Isis.

Los siguientes años fueron por los general pacíficos y estables, aunque la situación económica seguía siendo precaria ante la sucesión de malas cosechas y la alta inflación que afectaban a su pueblo. Pese a estos problemas, la posición de Cleopatra era más sólida que nunca, sin rivales que pudieran hacer peligrar su poder.

No obstante, en el resto del Mediterráneo la situación distaba bastante de ser pacífica. Tras el asesinato de César, en Roma se había formado el segundo triunvirato. Sus integrantes (Marco Antonio, Octavio y Lépido) se unieron para capturar a los principales asesinos de César (Bruto y Casio). Por su parte los magnicidas, al ver que carecían de apoyo en Roma, huyeron rápidamente hacia las provincias orientales en busca de ayuda. Tanto los triunviros, como Bruto y Casio, confiaban en poder encontrar un aliado en la reina de Egipto. Aunque Cleopatra se mostraba reacia a intervenir en un conflicto romano, las circunstancias le obligaron a tomar partido a favor de los triunviros. Una vez Casio y Bruto fueron derrotados en la batalla de Filipos (42 a.C.), el control de los territorios romanos se dividió entre los dos grandes hombres del momento: a Octavio le correspondió la Península Itálica y las provincias occidentales, mientras que Marco Antonio obtuvo la zona oriental. Lépido, por su parte, se quedó con el norte de África pero fue pronto apartado de la verdadera pugna de poder en Roma.

Marco Antonio realizó viajes a sus territorios recompensando a aquellos que habían apoyado al triunvirato y castigando a sus enemigos. Con la vista puesta en las riquezas y el destino de Egipto, convocó a Cleopatra a una reunión en Tarso, en donde se debería aclarar el papel que había tenido ella en la contienda. Allí, Cleopatra consiguió ganarse su apoyo y juntos entablaron una relación amorosa que marcaría inexorablemente el futuro político de ambos. De esta forma, la reina, sumamente vulnerable desde el asesinato de César, volvía a procurarse una alianza que le proporcionaba protección a su reino. A cambio de ayudarle en la financiación de sus campañas contra los partos en Oriente, Cleopatra consiguió que Antonio la reafirmase en el trono y eliminase a sus rivales más directos. Ambos regresaron a Egipto y allí pasaron una temporada juntos mientras Octavio aprovechaba al ausencia de Marco Antonio para reafirmar su posición en Roma. Al poco tiempo, murió la esposa de Antonio, Fulvia, por lo que éste se encontraba en libertad para contraer matrimonio con Cleopatra. Sin embargo, en un momento político complejo, a Antonio se le exigió renovar su lealtad a Octavio a través del matrimonio con su hermanastra Octavia. Esto no supuso un obstáculo para que la relación entre Cleopatra y Marco Antonio siguiese adelante. De hecho, tuvieron dos hijos gemelos en el 40 a.C.

A medida que pasaron los años, las relaciones entre Marco Antonio y Octavio se fueron tensando. Este último, aprovechaba su presencia en Roma para recabar apoyos contra su rival a través de difamaciones de todo tipo. Antonio era retratado como un títere en manos de una reina extranjera dado al derroche, mientras que Octavio defendía su imagen como la de un político incorruptible. Por otro lado, la incapacidad de Antonio para imponerse militarmente a los partos que amenazaban las fronteras orientales de Roma, incrementó su impopularidad. En esta situación, el enfrentamiento por la hegemonía a largo plazo se hizo inevitable. Cleopatra y Marco Antonio habían unido sus destinos al estrechar su colaboración a lo largo de años, de forma que lucharían juntos contra Octavio. En el 31 a.C. el enfrentamiento final tuvo lugar en la batalla naval de Actium, que supuso la victoria definitiva para Octavio, al tiempo que Cleopatra y Marco Antonio se batieron en retirada.

El final se acercaba para ambos amantes que vivían sus últimas horas en una situación de desconcierto. Cleopatra se encerró en su mausoleo junto a su tesoro mientras que Marco Antonio, abandonado por sus tropas, fue incapaz de revertir la desesperada situación. Al poco tiempo, llegó a sus oídos un falso rumor acerca de la muerte de Cleopatra y en ese momento el romano decidió quitarse la vida clavándose una espada en el estómago. Mientras perdía sangre, su cuerpo fue trasladado hasta la tumba en donde se encontraba ella. Marco Antonio fue entonces arrastrado hasta el interior a través de una ventana para que pudiera morir en los brazos de Cleopatra.

Cuando Octavio llegó a Alejandría, se encontró a la reina de Egipto atrincherada en su mausoleo amenazando con inmolarse y destruir su tesoro. Octavio, que deseaba evitar esto a toda costa, consiguió entrevistarse con ella. Según algunos autores prorromanos, los intentos de seducción de Cleopatra no funcionaron sobre el intachable Octavio. En cualquier caso, ella había intentado negociar el futuro de su hijo Ptolomeo XV en el trono de Egipto con escaso éxito. Ante la perspectiva de ser exhibida y humillada públicamente en Roma como una esclava, Cleopatra decidió quitarse la vida. Antes de morir, había enviado a Cesarión al exilio con una cierta cantidad de dinero para poder huir en dirección hacia la India donde, si todo salía bien, se reuniría con él. No obstante,  poco después del suicidio de su madre, su tutor Rodon le traicionó convenciéndole para regresar a Alejandría donde fue capturado y ejecutado.

Con la muerte de Cleopatra VII, la era helenística, heredera de la cultura helénica de la Grecia de Alejandro Magno, llegaba a su fin. En su lugar, el Mediterráneo conocía la creación del Imperio Romano que mantendría su hegemonía hasta el siglo V.

Con frecuencia, nuestros directores de cine y algunos historiadores se dejan guiar en exceso por los testimonios romanos que se conservan sobre su persona, los cuales nos reflejan a una Cleopatra frívola. Con ello, lo único que consiguen es cultivar  la tradición misógina de mujer-objeto que obvia los aspectos fundamentales de su persona. Cleopatra en realidad, fue mucho más que una simple seductora ya que por encima de su supuesta belleza, o de sus amantes, fue una reina cultivada, inteligente y ambiciosa que luchó toda su vida por la prosperidad e independencia de su reino. Por desgracia para ella, su fortuna fue similar a la de otros perdedores de la historia, puesto que su biografía sería escrita por sus enemigos.



martes, 5 de julio de 2016

OPORTUNIDADES PERDIDAS DE NUESTRA HISTORIA I: JOSÉ BONAPARTE

En esta entrada abrimos una nueva sección titulada "Oportunidades perdidas de nuestra historia". A menudo, resulta tentador adentrarse en el mundo de la ficción para imaginar qué hubiera podido suceder si nuestra historia hubiese discurrido por cauces distintos. ¿Cómo habría cambiado la historia de Roma si Julio César no hubiese muerto asesinado? ¿Habría estallado la Segunda Guerra Mundial sin Hitler? La lista de incógnitas resultaría interminable. A esta práctica común, los historiadores la denominan historia contrafactual, dado que no se apoya en una evidencia fáctica sino que se adentra en el universo de la especulación. A través de este ejercicio, corremos el riesgo de alejarnos de la pretensión de rigurosidad de la disciplina histórica y refugiarnos en relatos ficticios más cercanos a la literatura.

Así pues, no es mi intención inventarme una historia paralela, pero todos reconocemos que determinados acontecimientos clave han marcado el devenir histórico de forma decisiva. Es por ello, que no podemos olvidar aquellos sucesos que podrían haber transformado nuestra historia, aquellas grandes oportunidades perdidas que quizá hubieran arrojado luz sobre el oscuro panorama de nuestra historia reciente.

Nos trasladamos de época y lugar hasta la España de la Guerra de la Independencia para analizar una de las figuras más polémicas de nuestra historia. Se trata de José I Bonaparte, hermano de Napoleón que protagonizó uno de los reinados más efímeros de España. A pesar de la brevedad de su estancia en Madrid, José I fue un monarca reformista con iniciativa propia que podría haber liderado un proceso de importantes reformas en la España de principios del XIX.

Manuel Godoy
Los comienzos del siglo XIX en España se caracterizaron por la tormentosa relación que mantuvo la familia real española con la Francia revolucionaria. El estallido de la Revolución Francesa generó en el gobierno español un temor al contagio y es por ello que en un primer momento se trató de prohibir la circulación de publicaciones de todo tipo a través de la frontera para evitar la propagación de las ideas revolucionarias. Cuando el rey de Francia Luis XVI murió ejecutado en 1792, una nueva figura ascendió en el panorama político español: Manuel Godoy. El nuevo valido del rey adoptó una política beligerante hacia la Francia de la Convención y se precipitó a una guerra que ensuciaría su imagen como político. Tres años más tarde, tras importantes derrotas militares, Godoy se vio obligado a firmar la Paz de Basilea por la que los franceses restituyeron todos los territorios ocupados en el norte de España. En 1796, se firmaba el Tratado de San Ildefonso sellándose una alianza francoespañola contra Inglaterra. Inmediatamente después comenzaría una guerra contra Inglaterra en la que España sufriría duras pérdidas como la caída de Trinidad (plaza fundamental para el control del comercio con América) y la derrota del Cabo de San Vicente. La situación se agravó cuando Napoleón accedió al gobierno en Francia y comenzó a presionar a Godoy para que se plegase a sus deseos y le ofreciese ayuda militar en el mar contra los ingleses. Así, en 1805 la Armada española quedó prácticamente liquidada en la batalla de Trafalgar. A partir de entonces, España jamás volvería a recomponer su poder marítimo.

Las derrotas militares, la influencia de Napoleón y la grave crisis hacendística de una España desangrada por la guerra crearon un caldo de cultivo ideal para el crecimiento de la oposición contra la familia real y Manuel Godoy, al que acusaban de ser un advenedizo. Los grupos opositores se agruparon en torno a la figura del príncipe Fernando. En 1807, tras un primer intento fracasado de golpe de Estado por parte de Fernando en el Escorial, la corona española firmó el Tratado de Fontainebleau por medio del cual, las tropas francesas recibieron el permiso español para atravesar el territorio peninsular en dirección hacia Portugal (tradicional aliado de Inglaterra al que convenía neutralizar si se deseaba vencer en la guerra). Sin embargo, pronto se hizo evidente que el propósito de los ejércitos franceses era el de ocupar también España. Godoy, alarmado por la evolución de los acontecimientos, dispuso el traslado de la familia real española a América, medida que ya habían adoptado los reyes portugueses. Sin embargo, antes de comenzar el viaje, estalló el motín de Aranjuez en el que se capturó a Godoy y se obligó al rey Carlos IV a abdicar en su hijo Fernando. Ante esta situación de crisis en el seno de la familia real, Napoleón los convocó a todos en Bayona tratando de presentarse como árbitro de la situación. Allí, les obligó a abdicar en él mismo, y finalmente cedió la corona española a su hermano José Bonaparte. En este momento, coincidiendo con la marcha de la familia real en España, se produjo el levantamiento del dos de mayo y así dio comienzo la Guerra de Independencia Española.

La reunión en Bayona
En 1808 José Bonaparte abandonó su tranquilo reino de Nápoles para acudir a su nuevo destino. Desde el primer momento, el rey trataría de presentarse a sus nuevos súbditos como el garante de las novedosas reformas que el país necesitaba. El primer rasgo de reformismo del nuevo rey se manifestó en el llamado Estatuto de Bayona, documento redactado por una junta en la que participaron juristas españoles. Se trata del primer texto constitucional de la historia española, anterior incluso a las Cortes de Cádiz. No obstante, no podemos hablar de una constitución plena, sino más bien de una Carta Otorgada, fruto de la voluntad del Emperador (Napoleón), que se encontraba a medio camino entre el mundo del Antiguo Régimen y el constitucionalismo francés. El Estatuto era un texto de carácter claramente autoritario que establecía al rey como auténtico director de la política del Estado. Por otro lado, también recogía elementos de la tradición española como la afirmación de la religión católica como única del reino. Sin embargo, el texto incorporaba una serie de principios reformadores claros tales como el reconocimiento de la libertad de imprenta, la libertad personal o la inviolabilidad del domicilio. Si bien Napoleón contemplaba el documento como un mero instrumento para dar una apariencia de legalidad al cambio dinástico, José creyó en una constitución que trató de respetar escrupulosamente. Y es que si Napoleón se caracterizaba por ser un brillante militar, José por el contrario, destacaba como jurista.

A pesar de que José entró en España con los deseos de ser un rey constitucional plenamente convencido de su labor reformadora, desde el mismo momento en que atravesó la frontera, los españoles le recibieron con desprecio, calificándole como "rey intruso". Nada más llegar a Madrid, el rey se vio obligado a abandonar la capital ante el repliegue de las tropas francesas motivado por la victoria de los españoles en la batalla de Bailén. En respuesta a este revés, Napoleón lideró personalmente sus tropas en una campaña militar que restauró a su hermano en el trono español. A partir de ese momento, se iniciaría el verdadero reinado de José I. A su llegada a Madrid, Napoleón emitió en Chamartín unos decretos en los que se reconocían importantes medidas en el derribo del Antiguo Régimen, como la abolición de los derechos feudales y la Inquisición. Sin embargo, la campaña  había cambiado radicalmente la concepción napoleónica del gobierno de España. Para el Emperador francés, la resistencia mostrada por los españoles en Bailén constituía una ruptura del pacto constitucional y por lo tanto, se amparó en el derecho de conquista para colocar en el trono a su hermano como príncipe francés enteramente a su servicio y no como un soberano independiente. Sin embargo José, en su empeño por ser un rey constitucional, renovó el juramento al estatuto, acto que causaría la ira de su hermano quien acabaría acusándole de haberse "españolizado". Surgió entonces una discrepancia entre las posturas de ambos y José trató de mantener su independencia frente a su hermano.

Caricatura de Pepe Botella
Es evidente que la posición de José I resultaba sumamente precaria. En primer lugar, el rey carecía de respaldo popular, algo que le atormentaba profundamente. Sus coetáneos mostraron su desprecio hacia el nuevo rey a través de diversos motes entre los que sobresalen el de Pepe Botella (en referencia a su supuesto alcoholismo) o el Rey Plazuelas (por su labor urbanística volcada a la apertura de plazas en la capital). Por otro lado, su iniciativa política se veía limitada por las continuas injerencias de su hermano y ni siquiera era capaz de imponer su autoridad en el territorio controlado por sus tropas ya que los mandos militares franceses, leales a Napoleón, le desobedecían continuamente. La figura de José quedó de esta forma, completamente eclipsada por los éxitos militares del Emperador. Hasta los propios afrancesados, pronto comprendieron su posición de subordinación a Francia ya que el gobierno español estaba arruinado y dependía de los fondos franceses para mantener la marcha de la guerra. El transcurso del conflicto finalmente hizo inviable la implantación de las instituciones contempladas en el estatuto y el monarca intentó dirigir un proceso constituyente convocando unas nuevas Cortes abiertas a la participación de los diputados reunidos en Cádiz. No obstante, el proyecto naufragó y las Cortes de José I nunca llegaron a reunirse.

A pesar de todo esto, el "rey intruso" trató de mantener su compromiso reformista. Desde 1809 hasta 1812, el gobierno josefino llevó a cabo un importante programa ilustrado. José fue el primer rey que trató de racionalizar la administración heredada de los antiguos reinos adaptando el esquema de las prefecturas francesas al territorio español. Mostró interés por la educación pública al fundar en 1811 la Junta de Instrucción Pública en un intento de establecer los cimientos de un sistema público de educación a nivel nacional. José I destacó también en el plano cultural al disponer la creación de un Museo Nacional que acogiese obras de palacios reales y subvencionar la actividad teatral. Por último, el rey intentó impulsar una serie de medidas de modernización económica como la abolición de diversos monopolios o la aprobación de generosas concesiones otorgadas a aquellos que quisieran crear compañías industriales.

Fernando VII
La derrota de las tropas francesas marcó la marcha definitiva de José I y el retorno del infame Fernando VII. Todos los españoles que habían luchado por su "legítimo" rey se encontraron con la vuelta a la dureza del absolutismo. Los afrancesados, así como miles de liberales que habían dado sus vidas por Fernando, tuvieron que exiliarse cuando éste impuso una represión a gran escala. Fernando VII protagonizaría un reinado penoso, caracterizado por la ruina de la Hacienda, la represión política, la pérdida de la mayoría de las colonias americanas y el apego a la tradición del Antiguo Régimen. Sus decisiones ahondaron la dolorosa división entre liberales y absolutistas que causaría constantes enfrentamientos civiles a lo largo de todo el siglo.

Finalmente, Pepe Botella, odiado por sus súbditos e ignorado por sus generales, abandonó el trono español para siempre en 1813. Con su marcha, España perdía a un rey reformista que podría haber liderado una transición hacia un país moderno. A menudo, los relatos simplistas a los que acuden algunos de nuestros políticos inciden en la heroicidad del pueblo español durante su guerra contra el invasor francés, obviando la cruda realidad que trajo aquella contienda a la historia de nuestro país. Seamos críticos, no nos conformemos y revisemos constantemente nuestro pasado para no dejarnos manipular por el uso político de la historia.